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Siete mujeres figuran en el primer tomo de mi investigación sobre la novela nicaragüense (2012). En primer lugar, Celia Elizondo de Nicol y Cristina Zapata, luego de Montealegre. Ambas se acreditan el honor de ser las primeras que incursionaron en el género. Elizondo de Nicol con "La Loquita", una ficcionalización de Darío adolescente, inédita y trunca; y Zapata con un pequeño intento impreso (probablemente de 1925), de la cual dan noticia Jerónimo Aguilar Cortés y Desiré Pector, ese mismo año. Pero, lamentablemente, hasta ahora nadie ha podido descubrirla.

En cuanto a “La Loquita”, cuyo original tiene más de cien hojas manuscritas, se conserva mecanografiada. Evelyn Urham de Irving donó un ejemplar en 1988 a la Biblioteca Nacional Rubén Darío. Datada de 1922, cuando la autora vivía en San Salvador (tras residir en San Francisco, California), versa sobre la relación entre el joven Darío, antes de su viaje a Chile en junio de 1886, y Rosario Murillo Rivas.

“La Loquita” es el nombre de un baile de la época. Rosario lo ejecuta en la ciudad de Rivas, donde conoce a Rubén, estudiante del colegio fundado por Máximo Jerez. Rosario es pintora, encariñada con los pájaros; él vive un dilema entre el amor y su misión de poeta. Un médico, el doctor Madero, se enamora de Rosario. Rubén, temiendo perderla, le escribe cartas y envía la traducción del inglés, que ha concluido, de una novela: “Recobrada”.

El manuscrito rescatado describe la juventud de Rosario, Rubén y María, la mejor amiga de la primera; las fiestas, la visita del presidente Adán Cárdenas a Rivas en 1886 y la presencia de Rubén en ella. “La novela está salpicada con poemas y dichos”, señala la investigadora estadounidense. La autora era hija de un ministro del Gobierno de Cárdenas (Joaquín Elizondo) e inspiró dos poemas a Rubén: “Ovillejo a Celia” (1865) y “Cantilena” (1886).

Pero a la dama segoviana Carmen Mantilla de Talavera, cuyo seudónimo era Clara Mélida Ravetalla, le corresponde ser la autora de la primera novela que se conserva escrita por una mujer nicaragüense: “Los piratas” (1935). El acontecimiento fue celebrado por cuatro intelectuales, cuyas opiniones se insertan al principio de la edición, constituyendo paratextos significativos. Carlos A. Montalván, Azarías H. Pallais, Agustín González Moncada y Madame Fleure (pseudónimo de la hija de la autora, también aficionada a la narración) reconocen la obra y la elogian.

Mantilla de Talavera parte de un fenómeno de los siglos XVII y XVIII "las excursiones de bucaneros europeos en el norte de la provincia española de Nicaragua" para construir una ficción. Por tanto, “Los piratas” es una novela histórica o, al menos, un intento con final de novela rosa. Las ruinas de la ciudadela Amparo, trasunto de Ciudad Antigua, le inspiran un “romance” a principios del siglo XVIII. Josefa Toledo de Aguerri, en el epílogo, la resume y afirma que “la artista expresa la vida y el sentimiento de la época y corre fácil el estilo, aun cuando a veces carezca de pulimento".

Otras tres novelas de autoras mujeres que estudio son la desperdiciada y romanticoide “Vendo mi vida” (1944), de otra segoviana, Graciela González; la inmejorable novela rosa, “Su último beso” (1945), de Juanita [Cabrera] de Fajardo, señora de Masaya; y “Tormenta en el Norte” (1947), de Madame Fleure, pseudónimo de Carmen Talavera Mantilla: una biografía novelada del lugarteniente de Sandino Ramón Raudales. Finalmente, analizo otro esfuerzo de Graciela González: “Carne y alma” (1952), la cual trata del estigma de la madre soltera.

Escasa en cantidad y calidad es la presencia femenina en mi obra, pero digna de ser conocida.