Francisco Javier Bautista Lara
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Nuevos gobiernos inician en tres países centroamericanos. Enfrentan, con distinta gravedad y particularidades, problemas comunes: pobreza, desigualdad, fragilidad institucional, corrupción pública y violencia delictiva. Centroamérica, a pesar de las dificultades, del pesimismo de algunos medios de comunicación y el sesgo con que ciertos grupos suelen deslegitimar, es mejor que hace tres décadas. Un reto es la reforma fiscal, superar el carácter regresivo e incrementar la carga tributaria para fortalecer la salud, educación y seguridad ciudadana, pilares de desarrollo y paz social. Países pequeños, con limitados recursos, tienen que apostar más al potencial de su gente para generar riqueza.

En El Salvador, agobia la violencia delictiva, aunque han bajado los homicidios, las pandillas causan zozobra, la tasa de homicidios es una de las más altas del mundo, las extorsiones afectan los negocios y la vida cotidiana. El FMLN ganó por segunda vez las elecciones generales –bajo reglas del sistema electoral– después que, cerradas las puertas de la lucha política, recurrió a las armas hasta el Acuerdo de Paz. Es un desafío avanzar en democratizar el modelo económico excluyente que privilegia a la oligarquía, la dolarización limita la capacidad de la política económica, el país depende de las remesas, recibe el efecto de las crisis recurrentes de E.U.

En Costa Rica, asume un gobierno de centro; arrastra expectativas que pueden provocar frustración política y social. Aunque el país ha tenido paz duradera y el mejor índice de desarrollo humano regional, se ha estancado en la pobreza y la desigualdad, los efectos de la revolución (1948) se han agotado, la sociedad demanda cambios acordes a las necesidades contemporáneas, que superen la paralización. A pesar de la “estabilidad institucional” y el potencial humano, la inefectiva gestión, la corrupción, la pérdida de credibilidad en el sistema político, han deteriorado la gobernanza, afectado la inseguridad ciudadana y reducido oportunidades a los jóvenes. La sociedad demanda más, está insatisfecha con la gestión pública, se desacreditan las prácticas de la política tradicional, hay desencanto y la nueva administración, avalada contundentemente con el voto, despierta esperanzas.

Panamá tiene oportunidad de abordar, desde un gobierno de centro, la corrupción pública y privada, retomar la responsabilidad social del crecimiento económico que, aunque registró durante los últimos años mayor incremento del PIB y redujo el desempleo, no transfirió con equidad los beneficios a sectores vulnerables. Conviven con majestuosas obras del canal, la construcción del primer metro de Centroamérica y la proliferación de edificaciones: miseria y exclusión. El dinero lícito e ilícito fluye en el país que fue víctima de la invasión; requiere identidad cultural y social propia, diluida en lo global y la injerencia política-comercial.

El desarrollo democrático se ha frustrado por tres factores: intervención extranjera, incapacidad nacional de construir consenso de largo plazo y corrupción pública y privada. Tres gobiernos comienzan en países, poco relevantes en el escenario mundial, en una región donde es urgente la integración para enfrentar problemas comunes y particulares, atender las expectativas ciudadanas, más que de electorales. ¿Será posible que el poder no contamine el propósito del bien común?