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Recientemente, como Familias en Paz realizamos una encuesta para identificar los principales conflictos a los que en la actualidad se enfrentan las familias, así como sus causas. Se identificaron cinco: los problemas financieros, las relaciones como pareja, la influencia familiar, las relaciones sexuales y las diferencias religiosas.

El problema más frecuente y relevante es el económico. La totalidad de parejas entrevistadas manifestó que tuvo o tienen problemas financieros. No nos sorprende el hecho de que este aparezca en primer lugar, ya que se considera la madre de todos los conflictos, y es el problema que más daño causa en los hogares: roba la paz, crea tensiones, limitaciones, conduce a reproches y provoca divisiones.

Son varios los factores que influyen en él: no hay una fuente de ingresos por la falta de trabajo, o aun cuando haya trabajo, los ingresos no son suficientes para cubrir todas sus necesidades o estilo de vida. Sin embargo, se identificó un grupo que a pesar de tener suficientes ingresos para cubrir sus necesidades, estos no le alcanzaban, debido a la inadecuada administración.

Esta última situación (léase problema) es la que con más frecuencia padecen los hogares, y tiene su origen en la actitud con respecto al dinero y en el sentido de prioridades en el gasto.

Vivimos en una sociedad altamente consumista, influenciada por la cultura de la satisfacción inmediata sin importar el costo. En consecuencia, nuestros gastos son motivados por nuestras pasiones, esos apetitos que dominan la voluntad, convirtiéndonos en esclavos del dinero, de las posesiones, de la ambición, haciendo que nuestro sentido de prioridades no sea el correcto.

Una pareja nos solicitó asesoría financiera, y al conocer su caso pudimos ver que sus ingresos eran suficientes, sin embargo, sus tres hijos no estaban estudiando, ya que consideraban que no les alcanzaba para cubrir la inversión en su educación. Sin embargo, cada uno disponía de un teléfono inteligente con acceso a redes sociales. Al hacer números pudieron darse cuenta de que el costo del equipo, más la cuota mensual de servicio, cubría la totalidad de la colegiatura de sus hijos durante todo un año. Era obvio que las prioridades a la hora de gastar estaban totalmente cambiadas, para ellos, era más importante un teléfono que invertir en la educación de sus hijos.

Ante situaciones como esta debemos preguntarnos: ¿Qué nos mueve a gastar de la forma en que lo hacemos? ¿Estamos priorizando de forma adecuada?

Frecuentemente vemos que la codicia y la envidia son las que determinan la forma como gastamos. La codicia es el afán excesivo de riqueza, un deseo vehemente por cosas que creemos que necesitamos; en tanto que la envidia es la tristeza o pesar del bien ajeno, que nos induce a desear lo que no se tiene, por imitar o superar al otro.

Gastamos en cosas que no necesitamos o que están fuera de nuestra realidad o capacidad, y esta forma de administrar nuestros recursos nos conduce al endeudamiento, haciéndonos esclavos de nuestros acreedores. De manera que la administración financiera tiene relación directa con nuestro carácter, con lo que valoramos y consideramos prioritario, por ende, con lo que atesoramos en nuestro corazón.

Para administrar la economía familiar se requiere sabiduría --con el fin de establecer un adecuado sentido de prioridades, que nos permita cubrir primariamente lo más relevante para nuestra vida--, y motivaciones correctas a la hora de ganar y de gastar. Esto se ve reflejado en los estados de cuentas o en el nivel de endeudamiento.

Necesitamos un cambio interno que transforme nuestro pensar, que sea determinante a la hora de tomar decisiones. La sabiduría bíblica nos enseña cómo conducirnos en el área financiera, en ella podemos encontrar una solución de fondo: la transformación de nuestro ser interior.

Cuando nuestra voluntad es guiada por el gobierno de Dios en nuestras vidas, podremos cambiar las prioridades, reconociendo que la unidad familiar y su economía es la piedra angular del desarrollo comunitario, entonces buscaremos cumplir el propósito final de nuestros ingresos económicos, que es edificar la vida de otros comenzando en el hogar, no en alimentar nuestro egoísmo o vanidad.

La nación entera será próspera, cuando las familias se fortalezcan y los individuos desarrollemos un carácter ético en todas nuestras relaciones, y cambiemos la actitud frente al dinero. Por ello, las escrituras declaran que la “raíz de todos los males, es el amor al dinero”.