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Me llamo Javier y tengo 32 años. Tenía dos meses cuando mi padre murió, y desde niño mi madre fue todo para mí. A los siete años recibía mucha violencia en el colegio, yo era un chavalo callado y los demás me pegaban. Mis hermanos me decían que no me dejara, así es que a la edad de 12 años ya era un niño violento y me metía en drogas y en pandillas.

Cuando mi hermano mayor murió en un accidente en Cuba, país donde estudiaba, sentí que también me quería morir porque él era como mi padre. Desde chiquito, él me daba guaro, y me decía siempre que si me dejaba de los otros chavalos él me iba a “penquear”. “Te tenés que avivar”, me decía, y luego venían los golpes para hacerme hombre. Ya no quería asistir a clases, consumía drogas y pasaba deambulando en las calles del barrio. Después vinieron las enemistades, y lo que vivía entonces era un infierno, porque a temprana edad ya había cometido varios delitos.

Yo mismo formé una pandilla y nos agarrábamos con otras, así es que caía preso a cada rato. Mi mamá no podía hacer nada porque yo era muy violento. Cuando el Ceprev entró a mi barrio yo comencé a cambiar, pero luego me fui a Costa Rica y allá me metí en la delincuencia. Al volver a Nicaragua seguí en pleitos con pandillas rivales, y en una ocasión en que andaba bebiendo, me emboscaron y me dispararon con una escopeta calibre 12. Dos de los balazos me dieron y perdí mi brazo izquierdo. Fue terrible para mí, no podía acostumbrarme, sentí odio y decepción, sentí que ya no valía nada, que la gente me iba a ver de mala manera y quería vengarme.

Trascurrieron cuatro años y continuaba en los pleitos, hasta que una vez en mi cama se me vino a la mente el daño que le había hecho a mi familia y también a mí mismo. En ese momento el Señor Jesús tocó mi corazón y decidí dejar las pandillas, las armas y todo lo que había vivido. Decidí cambiar mi vida que era un desastre, porque tenía mi autoestima baja y yo mismo me maldecía.

Ahora siento que nací otra vez y estoy viviendo otra vida. Volví al Ceprev y aprendí a valorar lo que soy, a quererme y a cuidarme. Comprendí que la violencia genera violencia, que ser hombre no es solo buscar pleitos y andar con armas. Ahora recuerdo cuando veía a las mujeres como mantenidas, como un objeto de burla. También recuerdo que me sentía hombre al pegarle a una mujer, pero todo eso cambió, porque veo que muchas son valientes y emprendedoras. Ese desprecio ya no existe, y ahora pienso que una mujer vale tanto como un hombre, y admiro cómo se esfuerzan por sacar a sus hijos adelante.

Antes, la gente del barrio no me podía ver, hoy me siento alegre porque me tienen confianza. La comunicación con mi familia también mejoró. No les hablaba a mis hermanos y hoy platico con ellos y nos llevamos bien. Tengo buenas amistades que me dan consejos, me dicen: “Te felicito, seguí adelante”.

Desde hace unos meses tengo una novia, nos comunicamos bastante bien y me pienso casar con ella porque quiero formar mi familia y tener un hogar propio. Con una beca que me dieron en el Ceprev aprendí soldadura y ahora trabajo como ayudante en un taller en mi barrio. Me gano la vida honradamente. Hace un tiempo probé a trabajar en Panamá, pero me discriminaron por mi discapacidad. Acá es diferente, me dieron un lugar y mis compañeros se quedan asustados cuando me miran pintando, cortando, lijando y soldando. Algunos que no trabajan me dicen: “El que no tiene su brazo es el que más se esfuerza”.

Quiero decirle a la juventud que vean lo que a mí me pasó por andar “lanzándomela” de machista. Antes creía que andar con armas era “tuani”, ahora pienso que las armas destruyen. En muchos barrios veo que los jóvenes andan armados, ya no pelean con piedras ni morteros, y hasta niños de 12 años sacan armas en los pleitos. Yo les digo que es mejor entregar las armas, que se deshagan de ellas y que no esperen a perder un brazo o ver a un amigo muerto para recapacitar.

*La autora recoge testimonios de personas atendidas por el Ceprev que desean compartir sus experiencias de cambio.