Augusto Zamora R.*
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Reordenando libros en mi vivienda de Madrid, encontré uno adquirido en 2007, en una sorprendente pequeña calle de libreros en Bamako, Mali.

Aunque en mal estado, su título (“Histoire de l’Afrique Occidentale française”) y año de impresión (1949) me hicieron comprarlo. Resumía, magníficamente, el colonialismo.

1949 vivía la dolorosa resaca de la II Guerra Mundial. Decenas de pueblos oprimidos por regímenes coloniales tomaban las armas para conquistar su liberación.

La llamada África Occidental Francesa sumaba entonces 4.633.000 kilómetros cuadrados y 18 millones de habitantes. Una extensión enorme, una población considerable.

Del libro destacaba el capítulo sobre “la obra de Francia” en esas colonias.

Los autores recogían que Francia había abierto, en cien años, dos liceos (secundaria superior), cuatro escuelas normales y 800 escuelas primarias (Nicaragua, con 5.6 millones de habitantes, tiene más de 10,000 escuelas primarias).

Los países africanos, como tantos otros, ganaron la independencia atados al brutal yugo del analfabetismo. Ese yugo fue la causa esencial de los desastres subsiguientes.

Los colonialismos han usado, desde siempre, la ignorancia como medio de dominación. No era desidia lo de Francia, sino un plan dirigido a mantener su imperio colonial.

En la Edad Media, en Europa, se decía: “El aire de la ciudad hace libres”. Porque ser habitante de una urbe significaba que no se era siervo. Que las urbes respiraban libertad.

“Ser cultos para ser libres”, decía José Martí. Un librero, en Mali, me vendió un libro que me hizo recordarlo.

 

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