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Plagio impunemente el título de este artículo a Elmer Menjíbar, un joven periodista salvadoreño con quien he tenido la oportunidad de compartir algún que otro rato de charla durante el congreso francocentroamericano de periodismo que organiza la Alianza Francesa.

Elmer es un periodista de raza, de esos a los que un día, siendo jóvenes, alguien les inoculó el dulce veneno que lleva a contar verdades cueste lo que cueste. Decidió hacerlo con un grupo de amigos en internet y fundaron el diario digital El Faro. Cuenta Elmer que escribían como si les leyeran millones de personas, cuando en realidad no sabían si había alguien más que ellos mismos interesados por sus informaciones, hasta que varias exclusivas les confirieron el grado de molestos, honor al que debe aspirar todo periodista que denuncie los abusos del poder.

Pero la historia de Elmer no es nueva en este viejo oficio que nunca será rentable, porque las vidas que cuesta no tienen precio, por más que se consignen partidas de millones de dólares para secuestrar voluntades y silenciar asesinatos. Elmer aún no había visto la luz en El Salvador cuando Paul Rutler ya se jugaba el pellejo, buscando a la guerrilla para firmar sus crónicas para France Presse.

O cuando volaba cuatro horas sobre cajas de munición en un avión militar hacia Kinsasha para entregar una información en mano a un auxiliar que la transmitiría a París. O cuando firmaba a diario teletipos sobre atentados en las calles del Ulster, para sacudirse el hedor de la muerte en los fines de semana que pasaba junto a su esposa en Londres.

También está, muchos años después, envenenado de verdad el mismo Víctor Hugo de la Fuente, que hoy edita Le Monde Diplomatique en el Chile que le vio partir tras la muerte de Allende, en un exilio que le recluyó en Albania para, desde allí, seguir denunciando la tiranía de Pinochet. Hoy publica los textos con los que Luis Sepúlveda, también se convertía en un personaje incómodo por denunciar una dictadura que dejaba un rastro profundo de “novias de ajuar frustrado, y de abuelas que se quedaron con los mimos sin dueño”, porque la cobarde tiranía les había arrebatado novios y nietos.

Viven envenenados por la verdad Patrick Bard, que pasó cinco años esquivando peligros y retratando dramas en la frontera de Estados Unidos con México, y a quien también robo una frase: “todo está hecho ya, pero no con tus ojos”. O Jean-Pierre Langellier que miró a los ojos a la cara más cruel de las miserias humanas en los conflictos de África y de América que cubrió para Le Monde.

Pero además de estar irremediablemente condenados a la droga que les hace hervir la sangre cada vez que se encuentran con una verdad que denunciar y una página en blanco, tienen, Menjíbar, Rutler, Bard, Langellier y otros muchos periodistas de todas las generaciones, algo igualmente importante en común: ninguno de ellos escribe por dinero.

El periodista de sangre y raza es periodista aunque tenga que ser otras cosas al mismo tiempo para buscarse el sustento. Aunque le robe horas al sueño en la madrugada, y aunque sus hijos crezcan más rápido de lo que un padre debiera darse cuenta.

El mundo globalizado nos ha instalado en una cultura de la prisa que también mancha al mundo del periodismo. Los medios de comunicación se nos han llenado, en todo el planeta, de caras angulosas y cuerpos esbeltos que aspiran a llenar sus bolsillos de monedas, sin llenar la vida de experiencia.

Hay otros, esos en los que la sangre corre envenenada por la vocación, que huyen de los reconocimientos y los autógrafos, de publicar memorias cuajadas de historias que forjan sus secretas leyendas. Son periodistas que no tienen afán sino ilusión de lucro, pero que seguirían haciendo su trabajo aunque jamás les hubieran pagado un céntimo por ello. Contar la verdad no tiene precio. Las vidas que cuesta no pueden comprarse con un silencio que apesta a dinero negro.

 

@ oscar_gomez