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Los recientes eventos en Donetsk, Ucrania, y en otras ciudades de esa nación convulsionada, deben preocupar a muchos estadistas del planeta.

El asunto no es neurálgico solo para rusos y ucranianos. Esto puede desembocar en algo extensivo y epidémico que afecte a otros vecinos. ¿O se convertirá en una pandemia política?

Si los países afectados se desmiembran en un abrir y cerrar de ojos, el asunto debería analizarse desde múltiples enfoques: seguridad nacional o regional, soberanía, geopolítica, crisis global, armamentismo, guerra civil, derecho internacional, revoluciones, alianzas.

Podemos ser testigos del achicamiento de Ucrania, porque los rusos en esos territorios fuera de la Federación, optan por la separación. Y lo hacen de manera legal: vía referendo.

Si Ucrania se queda reducida a unas pequeñas óblasts (unidades geopolíticas del país), vinculadas étnica, religiosa y lingüísticamente, se creará un precedente (¡bueno o malo!) que va a cundir globalmente.

Debo preguntar: Si fue legal esa opción, ¿por qué no lo sería para los nacionalistas quebecois, galeses, catalanes, o valones?

En esa espiral de achicamientos geográfico-políticos, pueden caer muchos Estados-naciones que han tenido dificultades para mantenerse unidos.

Ejemplos: Bélgica, España, Iraq, Gran Bretaña, China, Rusia, Canadá, Sudán, Sur África, India… Y se puede seguir contando más.

Incluso, naciones modernas como las que una vez fueron parte de la Yugoslavia de Tito, o Paquistán, Bangladesh, Timor Oriental, los Chipres, Taiwán, las Coreas o Noruega, son el producto de esas escisiones justificadas, no por la razón del poder político soberano, sino por la identidad común nacionalista.

Hace poco se decía que los países con mayor cohesión étnica eran Alemania, las Coreas, Japón, y Uruguay. Pero eso ha cambiado. Las migraciones son un fenómeno fluido y recurrente que podría extenderse como pandemia a todo el orbe.

Irónicamente, para que Japón mejore su economía, deberá admitir a miles de inmigrantes. Aunque así hiera su honor nacionalista.

En 1986, el filósofo y novelista italiano, Humberto Eco, afirmaba con inquietud: “Los dos grandes problemas de nuestra época son la invasión de los ordenadores y la inquietante expansión del Tercer Mundo”.

Esto me induce a pensar que: 1) el vector-migración del “Tercer-Mundo” crece exponencial y centrípetamente; 2) es devolutivo, y 3) se desplaza mejor hacia espacios de mayor tolerancia y libertades.

La cuestión es --cuando hay etnias que quieren separarse-- que los gobernantes de turno ya no pueden usar la ley, sino la fuerza. Entonces, los afectados --en gran mayoría civiles-- tornan el asunto en un problema humanitario: refugiados, heridos, asilados, huérfanos, desplazados.

Una cuestión política degenera problemas que cruzan fronteras. Lo nacional deja de serlo cuando se alcanza el punto de saturación. Las fronteras son vías de libertad muy porosas. Pero cuando las crisis escalan, se vuelven muros de contención.

Los que luchan quieren liberarse; los que resisten quieren imponerse; los que no pueden involucrarse, quieren huir.

Robert K. Kaplan, en un ensayo escrito recientemente, decía: “Olviden la tecnología, como el gran democratizador. Olviden las bondades del Derecho Internacional. El territorio y los vínculos de sangre que ello conlleva, son fundamentales por lo humano que somos”.

Para otros, esto será una reapertura remozada de la Guerra Fría en la que Rusia y Estados Unidos pueden enfrentarse y destruirse mutuamente.

Si se diera una conflagración así, ¿lo verían con codicia y fruición las potencias emergentes, debutantes en un escenario mundial, como si fueran jóvenes elefantes impetuosos atravesando un cementerio de mamuts?

Lo injusto es que la justicia no pueda hacer mucho. Las instituciones internacionales solo imponen sanciones débiles; o pocas veces persuasivas.

Desde la perspectiva política, Vladimir Putin monopoliza el poder en Moscú. Es un exmilitar, nacionalista, intolerante, que no teme a Occidente ni a sus cívicas amenazas o timoratas sanciones. Él, simplemente, decidió convertirse en amo de una Rusia desafiante, fuerte, pero poco competitiva y rodeada de cazadores de osos. Él quiere devolverle su grandeza eslava, con una mezcla de zarismo-leninismo, que es comprensible "a la luz del nacionalismo", pero poco justificable.

No obstante, son los ciudadanos rusos los que están manifestando su voluntad para avenirse a una causa nacionalista (¡o imperial!). El derecho les asiste.

Ucrania se ha convertido en la niña mimada de Occidente porque está enfrentándose a la poderosa y bravucona Rusia.

Y yendo más allá del asunto, cuando estos fenómenos pandémicos se comiencen a dar en España, Canadá, Bélgica… ¿adoptarán la misma postura Washington o la Unión Europea?

Lo más probable es que los Estados reaccionen igual que los seres humanos: lo que otros hacen, es censurable; lo que nosotros hacemos, es justificable.