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A lo largo de catorce siglos la Yihad islámica ha dejado una estela de agresividad fanática. Su reciente versión ocurrió en Nigeria: Boko Haram, una sanguinaria secta terrorista, secuestró a 276 niñas. Desafío salafista a la estabilidad de Nigeria y educación occidental considerada pecado por este grupo, el más letal del continente africano: cuatro mil muertes.

En 2004, Nigeria fue considerada por Bin Laden (Al Qaeda del Magreb islámico) como “uno de los países mejor preparados para la Yihad”. Se especula que fue creado por la CIA para desestabilizar esta nación corrupta, plagada de tribalismo comunitario y riqueza petrolera. En realidad, se comenzó a sembrar el pánico a través de círculos shiíes –madrasas– inspirados por Irán. Con mal acierto, deseando calmar aspiraciones y acabar con frustraciones, el Gobierno nigeriano ofreció a los estados de mayoría mahometana, la posibilidad de aplicar la Sharía: código religioso de conducta islámica.

Hace tres décadas, casi no había shiíes en el norte de Nigeria, ahora gracias al intenso proselitismo iraní son el 5% de 80 millones de musulmanes nigerianos. Después de la eliminación de su fundador Mohamed Yusuf en 2009, su trágico legado fue perpetuado por Abubakar Shekau. El fértil campo estaba preparado –musulmanes versus cristianos– por los enfrentamientos interreligiosos sangrientos y choques intracomunitarios iniciados desde 1960.

Ante el avance de la Primavera Árabe en el norte africano, los movimientos fundamentalistas islámicos (re-dinamización global del islamismo radical de Echeverría) pretenden inundar de religión, la Constitución a fuerza de terrorismo. Terror ensamblado en esa Torá modificada carente de Cristo: el “Corán”. Aún rechazado desde la óptica de Kant, “nadie me puede forzar a ser feliz a su manera.”

Este terrorismo yihadista global ha logrado dimensiones que opacan las brutales acciones del pasado jacobino durante la Revolución Francesa. Según Reinares: “violencia sistemática caracterizada por el impacto psíquico que provoca en una sociedad superando las consecuencias materiales”, incrustando de siniestra relevancia su entorno cultural o marco institucional. En opinión de Hoffman… “la explotación del miedo mediante la violencia, cuyo objetivo es el cambio político”.

Boko Haram como otros grupos yihadista se autodenominan “ejército o resistencia”, con el fin de desprender de sus filas la etiqueta terrorista, intentando borrar el concepto ilegal de sus actos: robo, asesinato, secuestro y narcotráfico. Buscan distorsionar la imagen de sus víctimas cristianos y mujeres por cometer “blasfemia”: vacunar niños. Su “visión” de Sharía lo permite.

En 2010, el ascenso presidencial de Goodluck Jonathan, un cristiano, sirvió de excusa a Shekau para profundizar la actual deriva sangrienta de esa falsa Sharía cuyo efecto colateral actualmente significan cuarenta mil refugiados en Níger.