Jorge Eduardo Arellano
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NUEVA YORK
¿Por qué adoran los europeos a Barack Obama, presidente electo de los Estados Unidos? Podría decirse que ésta es una pregunta tonta. Es joven, bien parecido, inteligente, fascinante, educado, cosmopolita y, sobre todo, promete un cambio radical en comparación con la administración estadounidense más impopular de la historia. Contrastemos eso con su rival, John McCain, quien habló de cambio, pero para muchos europeos representaba lo contrario.

Y sin embargo, hay algo raro sobre la manía europea por un político estadounidense negro, sobre todo porque todos sabemos que el que haya un presidente o primer ministro negro (ya no se diga cuyo segundo nombre sea Hussein) sigue siendo impensable en el continente. O tal vez sea ése precisamente el punto.

Desde hace mucho los europeos han sido hospitalarios con las estrellas estadounidenses negras. Pensemos en Josephine Baker, quien asombró a los parisinos y berlineses en un tiempo en que los negros no podían votar --ni usar el mismo baño que los blancos-- en muchas partes de los Estados Unidos. Ciudades como París, Copenhague y Ámsterdam ofrecieron refugio a los jazzistas estadounidenses negros, que necesitaban un descanso del racismo institucionalizado. Lo mismo sucedió con otros artistas. James Baldwin, por ejemplo, halló un hogar en Francia.

Puesto que había pocas personas negras en Europa, la adoración de las estrellas estadounidenses negras era fácil. Hacía que los europeos se sintieran superiores a los estadounidenses. Podían felicitarse por su carencia de prejuicios raciales.

Después de los años sesenta, cuando empezaron a llegar a Europa grandes cantidades de personas de países no occidentales, eso resultó ser en cierto modo una ilusión. De cualquier forma, la ilusión fue agradable mientras duró, y la Obamamanía puede tener algo de nostalgia y algo de esperanza.

La otra razón de la historia de amor de Europa con Obama es que se le ve como algo más que un estadounidense. A diferencia de McCain, el héroe estadounidense, Obama parece un ciudadano del mundo. Con su padre kenyano, tiene el glamour que alguna vez se asoció con los movimientos de liberación del Tercer Mundo. Nelson Mandela heredó ese glamour; en efecto, lo personificó. Parte de eso se le ha pegado a Obama también.

Esto no le ayudó mucho en casa. De hecho pudo fácilmente haberlo dañado. Los populistas republicanos han tratado desde hace mucho de describir a sus oponentes demócratas, a menudo con gran éxito, como “poco estadounidenses”, elitistas, intelectuales y el tipo de personas que hablan francés --en resumen, “europeos”--.

Cuando Obama pronunció su encendido discurso en el Tiergarten de Berlín frente a 200,000 alemanes que lo ovacionaban, sus niveles de popularidad en casa cayeron, especialmente en la región industrial petrolera de Ohio y Pensylvania. Llegó a estar muy cerca de parecer demasiado “europeo”. Pero a los verdaderos europeos eso les fascinó.

No obstante, la razón principal de la Obamamanía puede ser más compleja. Entre los analistas y comentaristas europeos se ha puesto de moda últimamente desechar la idea de Estados Unidos como súper potencia, ya no se diga como una que inspira. En eso han seguido más o menos a la opinión pública.

Muchas personas de ideas liberales expresaron, a menudo con tristeza, su profunda desilusión con Estados Unidos durante los años oscuros de Bush. La nación que habían admirado como un faro de esperanza mientras crecían --un lugar que, si bien tenía sus defectos, seguía inspirando sueños de un mejor futuro y había producido excelentes películas, grandes rascacielos, el rock and roll, a John F. Kennedy y Martin Luther King-- había sido irremediablemente manchada por guerras imprudentes, la aprobación oficial de la tortura, un chauvinismo burdo y una arrogancia política extraordinaria.

Otros expresaron la misma desilusión con un aire burlón de regocijo por el caído. Por fin esa nación grande, arrogante, fatalmente seductora que había tenido al Viejo Mundo en su sombra durante tanto tiempo había caído de rodillas. Al presenciar el crecimiento económico de China, Rusia y la India, y las debacles estadounidenses en el Medio Oriente, era tentador pensar que el poder de Estados Unidos ya no significaba gran cosa. Muchos pensaban que un mundo multipolar sería mucho más preferible que más Pax Americana.

Sin embargo, esas proyecciones nunca han podido ocultar una persistente ansiedad. ¿Cuántos europeos (o asiáticos, para el caso) estarían realmente más satisfechos si estuvieran sujetos al poder superior de China o Rusia? Bajo toda esa actitud de descartar el poder de los Estados Unidos, que suena tan confiada, sigue existiendo un cierto anhelo de volver a tiempos más seguros, cuando el mundo democrático podía apoyar su cabeza colectiva en los anchos hombros del Tío Sam.

Tal vez esto también sea una ilusión. Muchas cosas han cambiado desde el Plan Marshall, el puente aéreo de Berlín y la Crisis de los Misiles de Cuba. Pero no creo que el sueño americano esté totalmente muerto en Europa todavía. La Obamamanía parece haberlo resucitado.

La elección de Obama ha demostrado que en Estados Unidos todavía se pueden lograr cosas que siguen siendo impensables en otros lugares. Mientras esto siga siendo así, aún se podrá considerar a los Estados Unidos, en su calidad de primus inter pares, como el defensor de nuestras libertades.

Los europeos --y otros-- podrán contemplar impresionados el despegue de China y tener esperanzas de encontrar un modus vivendi con Rusia, pero sin las esperanzas que inspira esa extraordinaria República, que representa lo peor y lo mejor de nuestro vapuleado mundo occidental, estaríamos mucho peor. En el fondo, la mayoría de los europeos lo saben. Por eso los tiene locos la elección de Barack Obama.

Ian Buruma es profesor de derechos humanos en el Bard College. Su libro más reciente es Murder in Amsterdam: The Killing of Theo van Gogh and the Limits of Tolerance.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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