Jorge Eduardo Arellano
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La XVIII Cumbre Iberoamericana se desarrolló en un mundo revuelto. Europa y EU están siendo sacudidos por un maremoto financiero que determinará cambios drásticos e impostergables en la sociedad internacional del siglo XXI. Contrariamente a lo acontecido en otras crisis mundiales, la presente encuentra a Latinoamérica bastante a resguardo de vaivenes financieros. La razón es simple. Los Estados latinoamericanos han puesto fin, desde hace años, al liberalismo salvaje que postró a los pueblos y arruinó a países enteros.

Desde procesos de cambio que han tenido como objetivos esenciales la reconstrucción de las economías y los Estados, el capitalismo de casino y sus basuras tóxicas no tuvieron sitio en las nuevas políticas económicas. Por tal motivo, esta crisis no quita el sueño a los gobiernos, aunque sufrirán ciertos daños tangenciales como la disminución del flujo de remesas o la bajada en el precio de las materias primas.

Latinoamérica goza de una solidez y una unidad inédita en sus casi 200 años de historia independiente, gracias al triunfo sucesivo de partidos y movimientos de izquierda o progresistas. Ello le permitiría jugar, por vez primera en décadas y por vez primera desde una amplia independencia, un papel beligerante y positivo en el proceso de reordenamiento mundial en marcha. Como bloque regional --y desde los estrechos vínculos políticos, económicos y estratégicos que une a una mayoría de ellos--, nuestra región posee peso y capacidad suficiente para convertirse en actor mundial, enterrando, ojalá que para siempre, su papel de comparsa o de simple destinataria de las políticas que decidían un puñado de países otrora poderosos, las más de las veces en su perjuicio.

Uno de esos objetivos será poner coto al derroche y al intercambio desigual y suprimir o reconvertir al FMI y al BM a lo que originariamente fueron, organismos internacionales al servicio de la comunidad internacional, no instrumentos de depredación y expolio.

España puede tener un papel en ese bloque, aunque para ello necesitará definir nuevos parámetros en sus relaciones con Latinoamérica. Un difícil equilibrio a afrontar, pues España es parte del primer mundo y quiere ser socio de la nueva Latinoamérica. Una nueva visión para el nuevo mundo que inicia, que poco se parecerá al fallecido.


* Profesor de derecho internacional y relaciones internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid, y Embajador de Nicaragua en España; autor de Ensayo sobre el subdesarrollo. Latinoamérica, 200 años después, Ediciones Foca, 2008.