Jorge Eduardo Arellano
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En los cines de Managua están proyectando una película que trata del secuestro y la trata de adolescentes en Europa. Más allá de los detalles de la historia hay una escena impactante: se subastan adolescentes a millonarios que elevan el precio no sólo en razón de la belleza, sino particularmente de la virginidad de la joven exhibida. Salvando las distancias me recordó la noticia de un tal alcalde de Santo Tomás denunciado hace algunos años por comprar a sus madres niñas vírgenes y protestar cuando “la mercancía venía fallada”.

La semana pasada EL NUEVO DIARIO abordó en un reportaje la explotación sexual de niñas y niños en la frontera con Costa Rica, demandada especialmente por los conductores de los furgones que se amontonan en las Aduanas, donde el comercio de dulces y frutas sirve para encubrir este terrible delito contra la niñez.

¿Qué buscan los explotadores sexuales en la niñez? Puede haber muchas razones: ya sabemos que la virginidad es una característica altamente cotizada en el mercado sexual que eleva sustantivamente el precio del objeto-cuerpo; los niños aceptan en su impotencia precios más bajos que los adultos, sus cuerpos ofrecen más seguridad ante ciertas enfermedades de transmisión sexual. La niñez es particularmente vulnerable al abuso de poder y con ellos “se puede hacer lo que se quiera”.

El reportaje de EL NUEVO DIARIO se concentra en la declaración de las niñas y niños que argumentan su necesidad de “hacer lo que sea” para enfrentar la desesperada situación económica de ellas/os y de sus familias, pero omite completamente las razones de los “clientes” para explotar sexualmente a esas criaturas.

La gente se imagina que los agresores sexuales son “viejos verdes”, enfermos o degenerados, pero no se trata solamente de comportamientos patológicos individuales, sino también socioculturales, relacionados con las concepciones machistas sobre el cuerpo de mujeres y niños como objetos sexuales, los impulsos sexuales masculinos como algo “irreprimible” y un mandato a satisfacer por cualquier medio y el sentido de poderío y propiedad de los adultos hacia los niños. La gente también se imagina que los explotadores sexuales son una especie de delincuentes y antisociales, pero muchas veces son personas aparentemente “respetables”, profesionales, trabajadores, padres de familia, religiosos que dicen defender firmemente valores religiosos o morales.

Una característica en común del abusador sexual que se esconde tras el “cliente” que explota sexualmente a una niña o niño es su incapacidad de sentir el dolor o sufrimiento ajeno, el hecho de estar completamente centrado en sus necesidades, la baja autoestima, su personalidad generalmente débil, inmadura, solitaria, el ser incapaz de establecer relaciones heterosexuales normales, negar o minimizar su delito con afirmaciones tales como “no es nada importante”, “fue por su propio gusto”, “me provocó lo que hice”, “fue por su culpa” (de la niña o el niño).

Con mucha frecuencia los explotadores niegan que sus comportamientos fueran abusivos, pero la explotación sexual no significa sólo penetración, sino también exhibirse desnudo delante de un menor con el fin de excitarse sexualmente, observar a la niña desvestirse o cuando está en el baño, tocarla, besarla o agarrarla, forzarla a ver imágenes o películas, escuchar conversaciones sexuales, posar para fotografías, ver o presenciar actividades sexuales e incluso ser sometida a tratamientos médicos innecesarios. En todo caso una conducta es abusiva cuando es vivida o sentida de ese modo por la niña, niño o adolescente, cuando es mirada o tocada de un modo que le hace sentirse intimidada.

En el mundo se calcula que una de cuatro niñas y uno de ocho niños serán sexualmente agredidos antes de cumplir 16 años; el 90 por ciento de las veces el abusador será un hombre y en más del 80 por ciento de las ocasiones ese hombre será un conocido, o más precisamente, un familiar cercano. En mi opinión, éste es un porcentaje bastante conservador, confrontado con la realidad que atendemos día a día.

Es urgente tomar conciencia de que todos y todas podemos evitar que la niñez siga sufriendo esta clase de abusos, que de cada uno de nosotros depende impedir que esta tragedia se perpetúe. Para ello forme en sus hijos identidades masculinas separadas de la violencia y de la sexualidad compulsiva. Respete y enséñeles a respetar sus cuerpos y el cuerpo de los demás, eduque sexualmente y anime a sus hijos a defender su integridad sexual; escuche a sus hijos y crea cualquier denuncia de abuso o acoso; denuncie cualquier caso de abuso o explotación sexual, hable sobre el tema con sus familiares y conocidos.