Ricardo Antonio Cuadra García
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Leyendo la Enciclopedia Católica, la cual cuenta con el imprimátur de El Vaticano, nos ilustramos sobre cómo la Iglesia sustenta el primado de Roma. Amén de la tradición adquirida por muchos siglos, El Vaticano tiene dos argumentos centrales para explicarnos la supremacía de Roma; la sucesión apostólica de Pedro y la estadía y martirio de Pedro en Roma a mediados del siglo I.

Antes de analizar los argumentos de El Vaticano es importante aclarar que el debate de la supremacía de Roma es una controversia tardía en el siglo IV. No menos importante es destacar que en esos tiempos los participantes de esta controversia eran los patriarcas de las iglesias de Jerusalén, Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Roma. También no menos importante es que la misma Enciclopedia Católica admite implícitamente la igualdad de estas iglesias en cierto momento: “El título de Papa, que alguna vez fue utilizado con gran amplitud……”
La sucesión apostólica de Pedro, El Vaticano la basa principalmente en una íngrima frase del evangelio de Mateo: “Pedro, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16:18). Frase anacrónica que hace sospechar de una interpolación. El concepto de “Iglesia” de las cartas de Pablo era una asamblea de creyentes y no una institución sacerdotal con una autoridad superior. El concepto de “Iglesia” como lugar de reunión aparece tardíamente en el siglo IV y es lo que nos ilustran los historiadores eclesiásticos Eusebio de Cesárea y Lactancio. El Teólogo católico Hans Kung, en su libro “La Iglesia Católica”, manifiesta también que este versículo de Mateo lo utiliza el obispo Dámaso de Roma en la segunda mitad del siglo IV, y lo hace para reclamar autoridad y poder ante el emperador Teodosio.

Es demostrable que a finales del siglo II existían obispos en Roma, no obstante, los obispos anteriores para ligarlos con Pedro presentan una dudosa historicidad. En el siglo IV se debatían varias listas de los sucesores de Pedro, la lista de Irineo y dos más que muestra en su “Historia eclesiástica” Eusebio de Cesárea en el siglo IV, son las que usa como base la Iglesia Católica. Estas listas no han resistido las pruebas de un análisis a profundidad, pues el teólogo Hans Kung nos informa que: “La primera relación de obispos de Irineo…según la cual Pedro y Pablo transfirieron el ministerio de epíscopos a un tal Linus, es una falsificación del siglo II…Sólo puede demostrarse un episcopado monárquico en Roma a partir de la segunda mitad del siglo II”.

La Enciclopedia Católica también establece como supuesta evidencia de la supremacía Romana, cartas de controversias religiosas de Cipriano y Dionisio de Alejandría, descritas en el libro de Eusebio de Cesárea, “Historia Eclesiástica”. Es bueno destacar que la enciclopedia insiste en evidencias documentales tardías del obispo arriano y hereje Eusebio de Cesárea, que muestran cartas que se refutan con otras similares, como las que alimentaban la disputa del obispo patriarca de Constantinopla con el obispo Dámaso de Roma sobre la jurisdicción del obispado de Iliria. Dámaso hizo gestiones ante el Emperador Teodosio para que dirimiera la disputa.

El otro argumento de El Vaticano es sobre la estadía y el martirio de Pedro en Roma. Esta argumentación admite dos formas de rebatir. La primera es la del sentido común que nos ofrece a un Pedro temeroso y que niega tres veces a Jesucristo, lo que hace improbable que saliera corriendo a la cueva del lobo, a la capital del imperio. No menos importante es destacar los malos entendidos que Pablo tenía con Pedro, lo cual lo manifiesta en el capítulo 2 de la “Carta a los Gálatas”, donde manifiesta que se deshizo de Pedro en Antioquia, por causa de su judaísmo. No tiene sentido que Pedro quisiera expandir el relato cristiano paulino (antijudío) a los gentiles romanos. En segundo lugar es importante destacar que no existe evidencia arqueológica ni documental del siglo I que nos muestre una presencia y mucho menos el martirio de Pedro en Roma.

El emperador Teodosio I, de origen hispánico, gobernó, a diferencia de sus antecesores, desde el lado occidental del imperio; la mayor parte de su gobierno lo realizó en Milán, cerca de Roma. El decreto de Teodosio, del credo de Constantinopla del año 381, otorgaba una jerarquización de las iglesias en conflicto y daba a Roma la supremacía sobre las demás, proclamó: “La religión que el divino Pedro transmitió a los romanos”. Teodosio prefirió la leyenda de Pedro, quizá porque analizó que la conexión entre el cristianismo de las Cartas de Pablo y la Iglesia Católica era más remota. Según algunos historiadores también para debilitar a los obispos de la herejía arriana de Constantinopla, quienes tenían mucho poder durante los emperadores que lo antecedieron.

La historicidad de la sucesión apostólica y la estadía de Pedro en Roma se sumerge en una nube de “evidencias” de dudosa credibilidad. Las fuentes documentales son tardías (no se conservan los originales códices evangélicos y las copias más recientes son del siglo IV) y las pruebas arqueológicas brillan por su ausencia.

Con los edictos de Teodosio no se acabó la controversia de la supremacía romana. En el año 595 Gregorio Magno, obispo de Roma, rechaza que el obispo de Constantinopla se autollamara Patriarca ecuménico (universal). Manda una carta a sus homónimos de Antioquia y Alejandría rechazando ese “vocablo profano” que utilizaba el patriarca de Constantinopla. Gregorio se une con estas tres iglesias en contra de Constantinopla en lo que se llamó las “tres sedes petrinas”, las cuales quedaron inmortalizadas en un icono de San Pedro, mandado a pintar por una amiga de Gregorio, llamada Rusticana, ubicado en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí, donde Pedro se muestra con tres llaves. Llaves que simbolizarían de forma profética las divisiones que la cristiandad tendría en un futuro no muy lejano.

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