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Los cambios sociales son vertiginosos y plantean a la educación retos complejos, que esta aún no se ha planteado. Por su parte, las ciencias de la educación y las reformas educativas han venido avanzando muy lentamente, como producto de la gran inercia que impide mover las estructuras educativas y sus reformas. Como resultado, se profundiza la brecha entre las propuestas educativas y las transformaciones que requiere el país.

El desafío de esta nueva perspectiva demanda transformar las escuelas y demás espacios educativos en comunidades de aprendizaje. Estas parten de un concepto de educación integrada, participativa, permanente, total. Implican la actuación conjunta de todos los actores de la comunidad sin exclusión, con la intención de ofrecer respuestas a las necesidades educativas de toda la comunidad.

Esta comunidad de aprendizaje ha de ser participativa, en tanto enseñar y aprender no es solo patrimonio del personal docente, sino de toda la comunidad en interacción entre los aprendizajes del aula, del hogar, de la calle, de la comunidad, del país. A su vez, tiene un carácter permanente, por cuanto se requerirá de una formación continuada activando el pensamiento crítico-reflexivo y compartido.

En definitiva, el centro de atención de nuestra educación, que tenía puestos los ojos en las aulas, se debe compartir también con el contexto familiar, comunitario y social. De esta manera, así como la escuela cerrada al entorno, con conocimientos académicos desconectados de la comunidad, tiene un carácter eminentemente reproductor de una sociedad tradicional, excluyente y dividida, la comunidad de aprendizaje, por el contrario, se convierte en una oportunidad para transformar la realidad personal y social entrando en contacto íntimo con ella, en la perspectiva de apuntar a un desarrollo humano sostenido.

De esta manera, el entorno familiar, comunitario y social ingresa a la escuela para transformarla, lo que implica un cambio de perspectiva en la enseñanza y el aprendizaje de parte de todos los actores sociales y educativos, obligando a combinar lo práctico-contextual, lo académico y lo comunicativo, de manera que la comunidad y la familia se vuelven actores educativos sustantivos a la par de los maestros y las maestras.

Desde un perfil tradicional se continúan privilegiando las habilidades académicas, alejadas de las habilidades prácticas, comunicativas, dialógicas, lo que ha abierto brechas insospechadas entre los intereses y perspectivas de los jóvenes y las propuestas curriculares y pedagógicas de la escuela, acabando por frustrar y alejar de su educación a tantos adolescentes y jóvenes.

En este sentido, el aprendizaje dialógico, por consiguiente, da un paso adelante con respecto al aprendizaje significativo, bajo el referente obligado de las comunidades de aprendizaje, nicho ecológico apropiado para generarlo. Ello demanda algunas cualidades a este diálogo: actúa desde una condición de equidad, demanda la inteligencia cultural (más que la inteligencia cognitiva), un diálogo que transforma a las partes; que aporta también lo instrumental, lo práctico y útil; diálogo que aporta sentido compartido para superar la colonización que hace el mercado; que aporta la solidaridad y la equidad ante las diferencias.