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Nació el reformador en Eisleben, Sajonia, Alemania, un 10 de noviembre de 1483. Su padre Juan, de campesino se había pasado a la actividad minera y era su madre Margarita Ziegler. Lutero atendió desde 1488 la escuela latina en Mansfeld, Magdeburso (cantó de puerta en puerta para pagar sus estudios) y después Eisenach. Llegó a Erfurt en 1501 para estudiar abogacía. En 1505 ingresa en el convento de los agustinos en Erfurt, pagando una promesa a Santa Ana, quien según él, le habría librado de una tormenta; en el otoño de 1506 profesa como monje y un año después se ordena sacerdote.

Tres años después viaja a Roma, capital de la cristiandad, pero esta experiencia le resultó decepcionante. El doctor Norberto Herrera, primer rector de la Upoli, señala que en Roma “Lutero vio la frivolidad y corrupción en que vivía el alto clero, así como el tráfico y venta escandalosas de las bulas eclesiásticas que eran indulgencias perdonadoras de pecados veniales o mortales, subió el tono de sus críticas y el ámbito internacional de las mismas”. De regreso en Alemania, se doctoró en Sagrada Escritura en 1512 y empezó a dar clases en la Universidad de Wittemberg.

Lutero tuvo hondas preocupaciones espirituales. Fue un hombre piadoso y buscó una genuina comunión con el Cristo crucificado. Estudió la Escritura y la tradición, los escritos de los Padres de la Iglesia, para entender el tema de la gracia y su procedencia agustiniana y paulina. Le preocupaban los problemas internos de la Iglesia. Su conocimiento técnico de la Escritura estaba acompañado de largas sesiones de oración, ayunos y tormentos. Su consejero espiritual, Staupitz, le pidió que no se excediera. Le aconsejó hurgar en los místicos alemanes, para quienes el camino que lleva a la salvación consiste en entregarse al amor de Dios. Lutero halla la paz espiritual al meditar en el texto de Romanos 1. 17, inspirado en el profeta Habacuc (2. 4) del Antiguo Testamento: “el justo por la fe vivirá”.

El pastor luterano Clóvis Elói Kurtz apunta que Lutero “conoció en los textos bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento a un Dios misericordioso, clemente y compasivo, encontrando así un verdadero alivio para la vida de tormentos que le había generado la cultura ‘cristiana’ imperante en el mundo medieval”.

Se precipitan los hechos a raíz de la visita de Tetzel, el vendedor de indulgencias, cerca de Wittemberg. Este dominico argumentaba que con la compra de indulgencias podía redimirse a las almas que sufrían horrorosos tormentos en el purgatorio, temas que dejan buen dinero a las tesorerías de las iglesias, pero que son truculentos. El dinero colectado sería repartido en la construcción de la Basílica de San Pedro, en Roma, y en la compra de un obispado para Alberto de Hohenzollern.

Lutero se decide a clavar sus 95 tesis un 31 de octubre de 1517 (se cumplen ahora 491 años). Con la complicidad de la imprenta, las tesis y sus ideas estremecieron a Europa. Tras la discusión que no terminaba ni ha terminado aún, se organizó un tribunal de la inquisición, se excomulgó a Lutero, se quemaron sus libros y sobrevino la Dieta Imperial de Worms.

Al llegar a Worms, citado por el Emperador, Lutero exclamó: “Aunque cada teja de cada tejado de esta ciudad fuera un demonio, no me amedrentaría”. Con protección de un salvoconducto (que de nada le valió al checo Huss un siglo antes, porque fue quemado en el Concilio de Constanza), Lutero fue conminado por Carlos V a defender sus doctrinas y pronunció las memorables palabras:
“Si no me convencen mediante testimonios de las Escrituras o por un razonamiento evidente (puesto que no creo al Papa ni a los concilios, porque consta que han errado frecuentemente y se han contradicho a sí mismos), quedo sujeto a los pasajes de las Escrituras aducidos por mí, y mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es prudente ni recto obrar contra la conciencia”.

No hay vuelta atrás. Lutero, Biblia en mano se enfrenta al poder religioso y al poder secular. Según él, las dos grandes instituciones, la Iglesia y el imperio estaban sujetas a la Palabra de Dios, pero a quien le interesa el dinero, las tierras, las ambiciones, las soberbias, las guerras, esto no sirve de mucho. Interviene Federico el Sabio, secuestra a Lutero y lo aloja en el Castillo de Marburgo, donde traduce el Nuevo Testamento al alemán, redacta folletos propagandísticos y escribe himnos religiosos.

Al releer las 95 tesis se nota que ahí están claras varias líneas que las iglesias evangélicas han hecho suyas: “Vana es la confianza en la salvación por medio de una carta de indulgencias, aunque el comisario y hasta el mismo Papa pusieran su misma alma como prenda” (Tesis 52). La Iglesia está tan extraviada que no reconoce una verdad fundamental: “El verdadero tesoro de la Iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios” (Tesis 62).

Para ahondar la división con la Iglesia Católica, en teoría defensora del celibato, Lutero contrae matrimonio con una ex monja, Catalina Von Bora, en junio de 1525: “Después de la Palabra de Dios no hay un tesoro más precioso que el santo matrimonio. El mayor don de Dios sobre la tierra es una esposa piadosa, alegre, temerosa de Dios y hogareña, con la que puedes vivir en paz, a la que puedes confiar tus bienes, tu cuerpo y tu vida”. Según el historiador Bainton, al invitar a la boda, Lutero habría expresado a Leonardo Kopp, organizador de la fuga de ciertas monjas: “Voy a casarme el jueves. Mi señora Catalina y yo os invitamos a enviar un barril de la mejor cerveza de Torgau, y si no es buena, tendréis que beberla toda vos”.

El Papa León X publica el 15 de junio de 1520 la excomunión Exsurge Domine contra Lutero. Una vez la recibe, éste se dirige al basurero citadino y la arroja a las llamas, junto con el Derecho Canónico. Lutero amaba los Salmos, y en uno de ellos se proclama: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes a corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza” (Salmo 46. 1-3). Siguiendo una melodía popular en las tabernas, compuso el himno Castillo fuerte es nuestro Dios, de inspiración para muchos creyentes, pero desastrosamente usado luego por los nazis. El año de la condena, 1520, Lutero escribe varias obras: A la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y La libertad cristiana.

La Reforma se afianza, nuevos territorios van siendo ganados, pero el fogoso Lutero empieza a volverse conservador, a alejarse de la gente y a sentirse cómodo con los príncipes y el orden social que les favorecía principalmente a ellos. Como dice Ernst Bloch, “ya Lutero aparece sensiblemente menos distanciado de los traficantes en indulgencias y traidores al espíritu”, se vuelve “el ideólogo de la clase de los tiranos”, lo que se percibe también en su agrio cruce epistolar con Müntzer.

Hans Küng acierta al sostener que la libertad cristiana que predicó Lutero (y otros reformadores, como el intolerante Calvino, que quemó al científico Miguel Servet en Ginebra), en los albores de la Reforma, no halló realización en el Imperio Alemán. La reforma del pueblo fue cooptada por los príncipes, lo que cuestionan Müntzer, Engels y Bloch. Como loza pesa en la vida de Lutero su desafortunado apoyo a la masacre de unos cinco mil campesinos en junio de 1525, los sinsabores posteriores por contiendas teológicas con los papistas y los calvinistas, y comentarios fuera de lugar contra los judíos, que sirvieron a los nazis para justificar atrocidades como el holocausto.

Enfermo y achacoso, Lutero se aparta a la vida hogareña y escribe textos y sermones. Sufría del mal de piedra, reuma en la cabeza, vértigos y zumbidos en los oídos. La muerte le sorprende en Eisenach en la madrugada del 18 de febrero de 1546, en presencia de sus tres hijos, tres amigos y algunos. Consciente aún expresó que Dios en sus altos juicios le destinaba a morir en el lugar donde fue bautizado. Los circunstantes le advirtieron que sudaba mucho. “Sudor frío, síntoma seguro de la muerte”, repuso Lutero. “Al divulgarse el estado del moribundo, acudieron en tropel muchas gentes; y entre ellas, los condes de la comarca, seguidos de su médico”, anotó Emilio Castelar en un libro de 1880 publicado en Barcelona. Preguntaron a Lutero si moría en la doctrina que sostuvo en la segunda parte de su vida, y expresó que sí. Contaba 63 años y fue enterrado en olor de multitudes.

Lutero pasa a la historia como iniciador emblemático del luteranismo y de sus fundamentos teológicos: el sacerdocio universal, todo cristiano(a) es también sacerdote, eliminando la “intermediación” de la jerarquía eclesiástica; la admisión de dos sacramentos: el bautismo y la santa cena (eucaristía); la libertad interior del cristiano y la libre interpretación de la Escritura; y la prioridad de la fe como instrumento de salvación, frente a las obras, aunque como dice Santiago, la fe sin obras es muerta, pero al final, distanciado de los sufrimientos del pueblo y de una lectura de la Biblia y de la vida cristiana, que no quiso o no supo llevar a otros derroteros. Lutero fue humano, demasiado humano,
como escribió Nietzsche tiempo después.

(*) Doctor en Humanidades. Profesor de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli).