Jorge Eduardo Arellano
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Faltando todavía los resultados finales, y escribiendo estas líneas al filo de la madrugada del 10 de noviembre de 2008, como nicaragüense residiendo en California, pero comprometido con el presente y futuro de nuestro país, quiero confirmar mi firme convicción en que el camino cívico para zanjar nuestras diferencias es lo primero, lo último, y quizás lo único en que debemos cifrar nuestras aspiraciones y debe ser el medio para “domar” nuestras pasiones políticas.

El resultado electoral es importante. Por supuesto que cada uno de nosotros quiere que los candidatos de nuestra preferencia se alcen con la victoria. Sin duda alguna, lo contrario, que nos sea indiferente quien gane, hará de la contienda un simple circo político.

A veces eso, ganar, será posible, pero a veces no, pero siempre, sea cual sea el caso, dirimir por la vía cívica, la lucha política, versus, el conflicto armado, debe ser la prioridad.

Antes, durante y después de ésta, y cualquier otra elección, somos nicaragüenses; nuestra condición de nicaragüenses no depende de que el resultado electoral nos favorezca o desfavorezca.

Este compromiso cívico exige tantos a los que pierden, como a los que ganan. Obtener el “premio” en disputa autoriza al ganador sólo aquello que la ley no prohíbe. La ley protege no sólo al que gana, también lo hace para el que pierde, y por supuesto que igual lo hace para el que elige.

El veredicto de las urnas le abre el camino al que gana para que ejecute su programa de trabajo, tal como lo prometido durante la campaña. El veredicto en este caso, no sólo es para el alcalde electo, sino que también para el Concejo Municipal, colectivo cuya decisión y beligerancia tiene tanta importancia como la del mismo alcalde.

Siendo ésta la elección simultánea en 146 municipios, es muy pronto para hacer generalizaciones sobre la validez, transparencia de la campaña electoral en su conjunto. Éste más bien es el momento para que cada quien cumpla con lo que corresponde en el juego político electoral, desde el fiscal de cada partido en cada Junta Receptora de Votos, pasando por los magistrados del Consejo Supremo Electoral, y por supuesto, los candidatos y líderes de los diferentes partidos políticos. Todos y cada uno tienen un deber que cumplir, deber por el que deben responder ante la ciudadanía en general, tanto de los que simpatizan con sus ofertas políticas, como de los que le adversan.

El voto no es algo que por ser un derecho nadie puede darle por asegurado, hay que “asegurarlo”, y eso es tarea de todos, desde el elector hasta el electo.

Aun las democracias más estables y desarrolladas pasan momentos de dificultades, con mayor razón, la nuestra, la democracia nicaragüense no es un producto acabado, sino un proceso que en su constante evolución está sujeta a las naturales tensiones de la lucha política, y que por tanto, demanda aun más del compromiso individual de cada ciudadano.

Pronto llegará el momento de hacer lecturas y análisis de los resultados electorales, de ambos, los favorecidos y los no favorecidos. No siempre se gana “ganando”, ni siempre se pierde “perdiendo”. De una lectura correcta es posible que alguien “gane perdiendo”, como lo es también, si hay una lectura equivocada de los resultados, que alguien “pierda aún ganando”.

Ambos, los que ganan, como los que pierden, tienen responsabilidades ante sus partidarios, responsabilidades que no terminan con el fin de la campaña electoral, sino que continúan más allá de la misma. El que gana tiene que responder por las promesas empeñadas durante la campaña, mientras que el que pierde tendrá que explicar a los que invirtieron su tiempo, talvez dinero, pero más aún, sus esperanzas en una fórmula, un programa y una estrategia que al final no fue favorecida por los votantes.

Aun con la imperfecta que pueda ser nuestra democracia, ya nadie acepta el juego aquel de que quien gana lo “gana todo”, al tiempo que el que pierde “lo pierde todo”.

El juego democrático, aquí, como en cualquier otro lugar, es acerca de decidir al que la mayoría considera debe llevar la iniciativa, no de decidir que el que lleva la iniciativa controla el poder total. Este último enfoque no sólo es inaceptable, es inmoral, y por supuesto que ilegal. La Ley de Municipios vigente es suficientemente clara al respecto, sobre lo que es permitido y lo que no lo es, en cuanto a la democracia municipal se refiere.

Despejadas las dudas, atendidos los reclamos y una vez aclarados los resultados finales, todos volvemos de nuestra condición de ciudadanos-electores a nuestra calidad de ciudadanos, el máximo honor posible, el cargo más alto al cual podamos aspirar, el común denominador entre los electos y los elegidos.

Ya el país ha logrado, en medio de dificultades y batallas, avanzar, en regular los derechos generales de los ciudadanos, en leyes, varias de ellas, de rango constitucional, que dan un marco a la acción ciudadana, entre ellas La Ley de Participación Ciudadana.

Nosotros, en tanto ciudadanos, el derecho que tengamos, sólo vale algo si tenemos “el ánimo de ejercer ese derecho”. Nadie nos puede obligar a ejercer nuestros derechos, sólo una alta conciencia cívica que desde muy dentro de nosotros nos motive a ejercerlo.

La lucha cívica no comienza ni termina con las elecciones municipales. El deber ciudadano no concluye con depositar nuestro voto en tiempo de elecciones. El derecho, que es a su vez deber de supervisar a los electos, es una tarea permanente.

Y la próxima batalla que se avecina tiene que ver con las reformas constitucionales, a criterio de algunos, tan importante, y talvez más importante que las recién concluidas elecciones municipales.

El reto que cada ciudadano tenemos de ser los artífices de nuestro propio destino, demanda que no nos quedamos al margen de las decisiones políticas que nos afectan a todos por igual. No reduzcamos nuestra participación al día de las elecciones, hagamos de la misma un ministerio cívico cotidiano; solo así podremos fortalecer nuestra fe en que lo cívico es no solo lo primero, sino también lo único, y quizás lo único… hagamos de lo cívico no solo un medio, sino también un fin, con la meta clara de hacer de Nicaragua cada vez un lugar donde podamos vivir, y de la condición de nicaragüense, algo de lo cual todos nos podamos sentir cada día más orgullosos.

*Economista nicaragüense residente en California.