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La invitación del papa Francisco, para que israelíes y palestinos se sienten a dialogar, es un desafío colosal.

Sería otro intento más para encontrar propuestas a un problema que luce insoluble y desalentador. Pero, esta vez, los mediadores serían menos sesgados.

Es un conflicto de varios decenios.

Israel está en mejor posición. Es un Estado constituido: con fuerzas militares de gran calibre, instituciones sólidas, conexiones y reconocimiento internacional occidental.

Palestina está en desventaja. Tiene un cuasi Estado joven; guiado por guerrilleros convertidos en líderes nacionales, inexperimentados, dirigiendo una entidad jurídica-política. Sus ciudadanos se rigen más por pasiones religiosas que por consensos políticos. Están influenciados por radicales anti-israelíes que boicotean cualquier negociación.

Lo malo: 1) los ciudadanos palestinos siguen estando a merced de las arbitrariedades de las fuerzas militares israelíes; 2) frecuentemente, grupos terroristas pro-palestinos lanzan cohetes contra el territorio judío.

Preguntarse si el ejército judío debería seguir constriñendo todas las actividades de la gran mayoría de los palestinos, es tanto un asunto humanitario como de seguridad nacional.

El Gobierno de Jerusalén puede justificar que toda acción militar suya sirve para preservar su integridad y seguridad. Es un asunto soberano, en virtud de sus leyes, las amenazas continuas de grupos terroristas, y su derecho a defenderse de aquellos que le amenacen.

Pero no encuentro justificación cuando los civiles palestinos, no involucrados, viven sometidos a un aparato israelí que oprime, censura, vigila y atropella sus derechos.

¿Por qué no hay un Estado palestino pleno a corto plazo?

1) Los esfuerzos de paz son lentos, debido a la desconfianza de los actores involucrados; 2) la inefectividad de las resoluciones e instituciones internacionales; 3) la naturaleza misma del tema en cuestión: un conflicto de ribetes políticos, religiosos, culturales, territoriales, de derechos humanos, y de seguridad internacional. Y hay más temas espinosos.

No olvidemos que construir un Estado en territorio ajeno, conllevaría a aglutinar a palestinos esparcidos. Ese es un reto político. Y si Palestina se constituye, sería un país-archipiélago dentro de otro Estado.

Es un problema de mil aristas. Es una maraña laberíntica.

Hasta ahora, todo intento de solución se desvanece. Aunque se den pasos cortos. Además que Israel, por vivir rodeado de enemigos árabes (salvo los moderados jordanos y egipcios), cree que la solución yazga en tomar en cuenta a todos sus vecinos árabes, Irán, Turquía.

Por otro lado, si bien el Gobierno de la Autoridad Palestina tiene buenas intenciones, no hace lo que debe, porque está atenazado por grupos guerrilleros radicales que sienten igual odio por judíos que por los palestinos que negocian con Jerusalén.

¿Es el presidente palestino Mahmud Abbas voluble o su habilidad política es muy

limitada?

El terrorismo es un recurso inaceptable. Deja al Gobierno judío con las opciones militares solamente. Y aunque goce de las simpatías de Occidente, el uso de la fuerza del Gobierno de Benjamín Netanyahu, nunca le permite logros encomiables. Solo victorias pírricas.

Sin dudas, la mayor habilidad de la causa judía yace en su poder de cabildeo en Europa y Estados Unidos.

¿Necesitan los palestinos un líder como Mandela: perdonador, frío, confiable, conciliador, sabido que la democracia y el diálogo son métodos racionales fructíferos?

Para tuerce de los palestinos, países líderes como Arabia Saudí o Egipto ponen muchos reparos a la conducción de las negociaciones de paz. Sienten más temor por el poder militar israelí que ganas de ayudarle a Palestina.

¿Muchos árabes perciben los problemas más a la luz de prejuicios que de principios? El camino hasta el punto actual ha sido largo, sangriento, tortuoso. Ha habido avances y logros. Pero sigue corriendo la sangre.

Es probable que el conflicto sea perdurable. Pero deben encontrarse los mecanismos para que este no escale y se satisfaga a las partes.

Israel tiene mucha razón al esgrimir que anhela fronteras seguras y no más ataques desde sus vecinos. Palestina también debe desarrollarse como un Estado pleno. Pero debe deshacerse de los radicales que frustren cualquier esfuerzo por acercarse a la paz.

El Vaticano podría ayudar en mucho a una solución más duradera. Tiene 2,000 años de prevalencia y sobrevivencia entre vaivenes, altibajos y ardides políticos. Su Estado es una red de informantes gigantesca (¡recabados a través de sus religiosos esparcidos y documentos desafiantes atesorados!). Ha prevalecido en un mundo de amenazas, entre grandes, poderosos y malignos que nacen y se esfuman cada cierto tiempo.

Con el Vaticano, palestinos e israelíes pueden encontrar una solución equilibrada, porque la diplomacia papal ha aprendido a vivir sabiamente: callando, cediendo y disimulando.