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La admiración que despierta el papa Francisco es bien merecida, no porque diga cosas nuevas –pues él no “inventa” nada– sino porque, entre tantas cosas buenas que dice, está enfatizando la doctrina social que Dios ha escrito en el corazón de cada ser humano y la ha revelado desde hace miles de años –entre luces y sombras– en la Ley de Moisés, en la voz de los profetas y en otros textos del “Antiguo Testamento”, hasta revelarla de manera perfecta y plena en Jesucristo, y contenida en el tesoro del "depósito de la fe" confiado a la Iglesia.

Todo lo que el papa Francisco dice es parte de nuestra doctrina cristiana, que en la historia muchas veces ha sido ensombrecida, mal presentada y –tristemente– también mal testimoniada, a veces por razones culturales, en ocasiones por ignorancia y en otras por maldades del corazón humano; pero que siempre ha brillado en comunidades fieles y en santos como Francisco de Asís, que aún en los peores momentos de la Iglesia mantuvieron la luz sobre la oscuridad.

Nuestra doctrina cristiana tiene un profundo contenido social, porque su esencia es el amor. No se puede amar a Dios si no se ama al prójimo que tiene hambre, sed, frío, carencias, enfermedades, soledad… y según respondamos a eso, seremos buenos o malos a los ojos de Dios. ¡Esto es lo más importante que nos enseñó Jesús! Hoy el papa Francisco simplemente está recordándonos el Evangelio. Es verdad que nuestra doctrina social por mucho tiempo no la conocíamos bien, pues a veces se nos enseñaba que la caridad se reducía a dar limosnas… un poco por aquí y otro poco por allá… Pero el gran papa, recientemente canonizado, Juan XXIII, convocó en 1961 el Concilio Vaticano II que "actualizó" nuestra Iglesia, realizó gigantescas renovaciones y devolvió la frescura a nuestra doctrina parcialmente cubierta por el polvo de cosas secundarias y temas mal entendidos. El papa Francisco nos dice: “No se ha cumplido con todo el Concilio”. Por eso, él enseña y enfatiza lo que el Concilio desde hace medio siglo mandó a enseñar y enfatizar.

Nuestra doctrina social está en la “Biblia”, es el centro del Evangelio, fue enseñada por los padres de la Iglesia desde los primeros años del cristianismo, está aplicada modernamente en las encíclicas sociales de los papas desde León XIII en adelante, a partir de 1941, está expuesta en el “Compendio de Doctrina Social” y resumida en el catecismo, mandados a publicar por Juan Pablo II. Entonces, ¿por qué nos maravillamos (algunos se asustan) por lo que dice el papa Francisco citando, incluso textualmente, los documentos que contienen nuestra doctrina social? Sencillamente porque no siempre la hemos proclamado lo suficiente; a veces la hemos disimulado para evitar confrontaciones, por temor a que por ignorancia nos llamen “comunistas”, o por empeñarnos en catequizar con métodos desfasados, enseñando una doctrina limitada a los dogmas, la liturgia y una moral reducida solo a ciertos aspectos como, por ejemplo, la moralidad sexual, restringiendo así nuestra doctrina sobre moral social a la enseñanza de las obras de misericordia.

Tradicionalmente nos han enseñado que hay que hacer caridades, como dar limosnas (¡y hay que hacerlo!), pero poco nos mencionaban lo fundamental: Dios nos manda a cambiar las estructuras de injusticia social y reducir la brecha entre ricos y pobres; que los derechos de propiedad privada y libre mercado son legítimos y necesarios, pero no absolutos, porque sobre ellos prevalecen los principios del destino universal de los bienes y la solidaridad cristiana. Nada nuevo, ¡hoy destacado por el papa Francisco!

* Abogado, periodista y escritor.