Jorge Eduardo Arellano
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Al momento de hacer este comentario, aún no se definía cuáles eran los ganadores, aunque ya era inocultable quién era el gran perdedor: el proceso democrático. El oficialismo pareció más interesado en el desquite por el fraude electoral de 1996, que por hacer real la transparencia electoral. Si no fuera por eso, yo estaría tentado a mostrar mi agradecimiento al Consejo Supremo Electoral por recordar a mi hija en el Padrón Electoral, después de diez años y dos meses de haber fallecido, y por hacerme descansar en paz en el Padrón Electoral antes de mi partida definitiva de este mundo.

De cualquier forma, habrá un final, y además de ganadores y perdedores, quedarán los efectos negativos de los vicios electorales que, en esta ocasión, fueron muchos, los cuales abonan al desarrollo de la incultura cívica, ya colmada de charrismo electorero.

En muchos aspectos, en el terreno del anti civismo electorero se introdujeron nuevos elementos que, no por ello, hicieron mejor la campaña electoral. A las clásicas proclamas demagógicas, las promesas para ser incumplidas, las difamaciones personales y el sectarismo partidario imponiéndose sobre la Ley Electoral con el abuso de los bienes públicos, el gobierno danielista introdujo la manipulación de la fe cristiana en su manera más descarnada: rebajando a Dios a nivel de instrumento electorero municipal.

El nombre de Dios en boca del presidente Ortega para hacer su política personal, familiar y grupal, ya forma parte de su arsenal ideológico, en donde, contrario a lo que se piensa, el marxismo aún ha no tenido lugar. El nombre de Dios lo menciona en sus discursos, en la inauguración de cualquier obra, en la exposición de algún problema frente a sus seguidores, en el encuentro con personalidades extranjeras y en los saludos a presidentes o personajes políticos. Así lo hizo recién pasada la victoria electoral de Barack Obama, en cuya felicitación Dios asomó de forma indirecta, al señalarla como “un milagro”.

Como se sabe, todo milagro, en la mente y la conciencia del creyente, es algo sobrenatural, obra de un poder divino, por lo tanto, una obra de Dios. Aparte de los gobernantes fundamentalistas islámicos, en el mundo occidental y cristiano sólo Francisco Franco (“Jefe del Estado español, por la gracia de Dios”), le antecede a Daniel Ortega, en cuanto a la manipulación de lo divino para la justificación de su régimen. Sólo un fundamentalista puede concebir el triunfo electoral de Obama como un milagro. Un político racional, no olvidaría que en Estados Unidos los negros pasaron doscientos años de esclavitud, discriminaciones, explotación, violaciones a los derechos humanos y su propia resistencia --cívica, pero cruenta-- para construir esta victoria. Además, Obama debió invertir esfuerzos personales muy grandes para poder obtener la nominación de su partido; y para conquistar el voto mayoritario, tuvo que hacer lo indispensable para verle la cara a la democracia en su país: invertir cifras multimillonarias de dólares en su campaña electoral (incluso más que McCain). Y es sabido que ningún dólar es obra de un milagro.

Para un fundamentalista, lo racional no cuenta. Todavía el día anterior a las elecciones, circulaba la propaganda electoral y junto a las consignas conocidas, una consigna de última facturación: “Cumplirle al pueblo, es cumplirle a Dios”. Esta misma consigna, recién había aparecido en los diarios en anuncios de media página, enumerando las regalías conquista-votos repartidas y hablando de una rebaja de precios en la canasta básica que nadie les conoce parentesco con los precios del mercado.

No sé qué pensarán los creyentes de esta manipulación de Dios, pero no es difícil recordar que ninguno de los partidos de la oligarquía --esencialmente conservadores-- ha llegado a burlarse de la gente y de su fe de forma tan burda. También se le rebaja en su dignidad, cuando le asocian el “regalo” de algún objeto con las bondades de un gobierno que --como todos los gobiernos-- no genera, sino que consume el
presupuesto nacional, casi siempre más de la cuenta.

De este hecho se derivan otros no menos ruines como el de crear una atmósfera de progreso social con la propaganda de algunos proyectos sociales, mientras en el ámbito político se reprime física y judicialmente los derechos ciudadanos. Este doble juego, tiene la intención de hacer potable a la gente el cambio, trueque o la compensación de “bienestar social” por derechos y libertades.

El danielismo, para hacerse la víctima de la incomprensión y de campañas desestabilizadoras de parte de los medios de comunicación, argumenta que éstos adrede le aplican la censura a sus avances sociales, los beneficios para “los pobres” y sus esfuerzos por la construcción de una sociedad de paz y justicia. Aun suponiendo que todo esto fuera cierto --es decir, que se ocultan los avances sociales y el danielismo es la víctima--, las críticas al gobierno no debería ser motivo de quejas ni agresiones, porque la responsabilidad de cualquier gobierno es hacer avanzar al país en todos los aspectos, y en el aspecto social principalmente, pero no a cambio de aplausos y servilismo, menos a cambio de las libertades públicas.

¿Acaso no es para desarrollar el país que los partidos proclaman sus aspiraciones políticas y luchan por alcanzar el poder? ¿Por qué, entonces, las buenas funciones de un gobierno deben ser motivos de alabanzas serviles, si se supone, y así lo prometen los partidos, que a eso llegan al poder? Si la rectitud y las buenas intenciones de un gobierno es cumplir sus propias promesas al pueblo, no es lógico que finja resentimiento porque no se lo aplauden. Además, el presidente y sus funcionarios no hacen absolutamente nada a favor del país y de su pueblo por lo cual les cueste sacar dinero de sus bolsillos, cuando todo el mundo sabe que es lo contrario, sus bolsillos se llenan con los recursos estatales.

Por ello, resulta aún más absurdo que los presidentes y funcionarios de un gobierno se conviertan en represores y enemigos del periodismo por el hecho de que les critiquen lo malo de sus gestiones, lo cual, generalmente, es mucho más que lo bueno. Quienes merecerían las críticas por no ser vigilantes activos de las malas acciones de los gobiernos serían los medios de comunicación y los periodistas.

En el colmo de sus actividades violatorias de las normas del buen gobierno, en especial a la Ley Electoral, el danielismo las quiere hacer pasar como “victorias del pueblo”. También se hace excusas con el hecho de que otros gobiernos hicieron lo mismo. Y poseedor de ése su auto aval, el danielismo actúa con una altanería que ofende a la inteligencia y rebaja la actividad política a una lucha en donde --según la mentalidad de los caudillos-- debe triunfar la grosería por encima de las leyes.