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Fue una noche lluviosa de julio de 1982, cuando Gabo vio llover en Managua. Tengo en mi memoria la instantánea de esa foto de Oscar Cantarero, captando en blanco y negro las imágenes de esa noche mágica. Recuerdo que tenía dieciocho años y estaba sentado en la grama de los jardines de la Casa Fernando Gordillo, la catedral de los artistas, escuchando con devoción a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y el desaparecido novelista nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro, en un conversatorio de monstruos literarios coordinados por la poeta Rosario Murillo.

Gabo lucía un traje oscuro y unos anteojos grandes donde se alcanzaban a ver sus redondos ojos mágicos con los que había descubierto Macondo. Lo acompañaba Cortázar, tan violentamente alto y dulce y Chávez Alfaro, famoso por “Los Monos de San Telmo”, quienes se alternaban para contar la historia de la narrativa latinoamericana. Esa noche, minutos antes de que cayera un aguacero proverbial, pude estrechar la mano del escritor colombiano, quien con la humildad que le caracterizaba, me preguntó: ¿Y tú también eres escritor? Las gotas gordas de una lluvia copiosa comenzaron a caer. Solo alcancé a responderle: "Es mi sueño". ¿Qué más podía decirle un joven que daba sus primeros pasos en el oficio de escribir?

Siempre imaginé a Gabo como un hombre sencillo, enemigo de las poses literarias y no me equivoqué. Cuando comencé a leer “Cien años de Soledad”, creí por un momento que una voz ancestral me leía al oído una sorprendente fábula latinoamericana que contaba una historia de mi entorno. Esa misma voz fue la que escuché cuando me leí de un tirón “El Coronel no tiene quien le escriba”. Esa voz original, del contador nato, que narra sin pretensiones dejando astillas en la piel, es la voz inconfundible de Gabo. Esa noche que contestó con parquedad y sencillez cada una de las preguntas que le hacíamos, comprobé que el Nobel, no era un orador de multitudes, ni un panelista de gran vuelo intelectual, sino que era un escritor que había nacido para contar.

Ahora que Gabo falleció, y el mundo hispanoparlante se ha quedado huérfano de narradores, me pregunto: ¿Qué ha pasado con los novelistas nicaragüenses? ¿Por qué ningún ha logrado construir su propio Macondo? Es increíble que Managua no tenga aún un novelista que la reivindique. Imagínense, qué ironías de la vida: Lizandro Chávez Alfaro era el candidato a crear nuestro Macondo. Nacido en el Caribe, como Gabo, estaba predestinado a crear la novela nicaragüense, la historia que incorporara el sincretismo cultural del Pacífico y del Atlántico. El novelista que descubriera la fórmula de nuestra esencia nicaragüense y la escribiera con el lenguaje mágico; sin embargo, su obra narrativa se quedó estancada en las fronteras centroamericanas y en los meandros de la mezquindad humana.

Por otra parte, hay novelistas nicaragüenses que se han cotizado muy bien en el mercado cultural, pero desgraciadamente sus obras no gozan de la popularidad que necesitan. Algo falta en sus obras. No creo que sea ingenio. Quizás les falte vitalidad. No sé, pero sospecho que los Gabo solo nacen una vez cada siglo para contarnos una historia que nos haga reír y llorar, sin necesidad de recurrir a artificios verbales; que nos muestre nuestra idiosincrasia sin tapujos, que nos muestre tal y como somos, en el espejo atávico de la ficción.

Por último, quiero volver a ese encuentro instantáneo con Gabo, que saqué del pesado baúl de la memoria. Esa noche, tuve el privilegio de ver al rey de Aracataca sentado en el trono de los poetas en Managua; lo que omití deliberadamente para que mueran de envidia, es que volví a encontrarlo en La Habana, en un Festival de Cine Latinoamericano en 1988, en el lobby del Teatro Carlos Marx. Esa vez, lucía una guayabera celeste y un reloj grande, como sus anteojos. Sin embargo, su mirada era la misma de aquella noche en Managua. Como delegado de Nicaragua en el Festival de La Habana, me le acerqué y lo saludé. Le dije: “Dejamos una conversación pendiente en Managua, aquella noche en que llovió como en MacondoW.

Y, él, con su sonrisa irónica pero llena de nobleza, me dijo: “En este momento no te recuerdo, pero recuerdo aquella noche en que llovió torrencialmente en Managua”. Y nos apretamos las manos. Definitivamente, un encuentro entre un genio y un muchacho “feliz e indocumentado” que no hallaba qué hacer con su vida.