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El típico debate que sitúa en muchas ocasiones a la ciencia y a las creencias a uno y otro lado de la línea divisoria de los bandos en una batalla, en las esquinas opuestas de un imaginario cuadrilátero donde dos púgiles combaten hasta el ‘knock out’, queda absolutamente desprovisto de sentido cuando de lo que se habla es de trasplantes de órganos.

En ese caso concreto, las posiciones no tienen nada que ver con las teorías evolucionistas o creacionistas; Darwin y el Creador, el mono y el barro, no son los argumentos que esgrimen una y otra parte, porque no existen siquiera las partes cuando de lo que se trata es de prolongar la vida de una persona gracias a la solidaridad de otras.

Los trasplantes son milagros al alcance de la ciencia. Lo son porque los profesionales sanitarios involucrados en el proceso rozan la categoría sobrehumana, aunque solo fuera por el conocimiento que son capaces de albergar y el rigor con el que lo aplican a su trabajo. Los trasplantes también pueden considerarse milagros porque, de no intervenir una inspiración espiritual, pocos familiares podrían contar con la clarividencia imprescindible para llenar de sabiduría uno de los momentos más difíciles de la vida –el de la pérdida de un ser querido– y decidir generosamente regalar salud y esperanza a quienes aguardan esa noticia en la angustiosa frialdad de una lista de espera.

Los astrofísicos tratan de demostrar la existencia de una confluencia de circunstancias extraordinarias en el instante de la eclosión del universo, mediante la teoría del Big Bang. Los versículos de la “Biblia”, las ‘parashas’ de la Torá y las ‘suras’ del “Corán” hablan de un proceso dividido en etapas de la creación del mundo. De esa misma manera, un trasplante es una formidable alineación de condiciones favorables para que, paradójicamente, la ciencia obre el milagro, y es también un trabajo por fases, que confluye en la maravillosa obra de dar vida a quien había perdido la esperanza.

Pero a pesar de que se pueda hablar a un tiempo de Fe y de erudición, de creencias y de ciencia, una incorrecta interpretación de la doctrina es probablemente el principal enemigo al que tienen que enfrentarse aquellos que ven pasar a diario la sombra de la muerte por delante de sus camas en los hospitales, con cada negativa de los familiares de un fallecido a donar sus órganos.

El desconocimiento de las propias leyes que rigen las confesiones, lleva a muchos de esos familiares a enarbolar inconscientemente la bandera de un egoísmo que cercena las ilusiones de los enfermos a los que un órgano sin vida podría devolverles una existencia digna, o sencilla y contundentemente… vida.

Dicen los textos sagrados de muchas religiones que pueden moverse montañas gracias a la convicción de que existe una energía superior capaz de lograrlo. De igual modo, la experiencia, la sapiencia, la honestidad, la entrega, la capacidad de trabajo y sacrificio de los miles de médicos y asistentes que realizan trasplantes en todo el mundo, no servirían de nada si esa otra Fe en la concordia entre los hombres y en su propia generosidad.

Decenas de órganos que son portadores de esperanzas, se pierden cada día para siempre, llevándose con ellos los momentos futuros consagrados a una felicidad que ya nadie podrá disfrutar. Es la triste contradicción que se cierne sobre el único milagro al alcance de los hombres, sobre un proceso en el que se llegan a desmaterializarse las manos de los cirujanos para confundirse con el soplo divino que creó la vida, con independencia del libro sagrado en el que se cuente.

 

@ oscar_gomez