Augusto Zamora R.*
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Se ha quejado un lector de que, a causa de “hombres de avanzada” como yo (sic), en Nicaragua las mujeres están imponiendo una auténtica tiranía sobre la especie viril.

Que ahora los hombres están desprovistos de derechos y las mujeres hacen con ellos lo que quieren, provocando una situación de injusticia hacia el desprotegido ‘sexo fuerte’.

Podría uno verse tentado a reír, pero sería frívolo y rehuiría los motivos de la queja.

Que carece de razón en lo sustantivo no admite debate. Las leyes buscan proteger al débil contra el abuso del fuerte y, en este caso, las leyes están ampliamente justificadas.

Que haya abusos (como denuncias falsas), ocurre con esta y otros centenares de leyes, sin restarles legitimidad.

Sin querer, el lector toca un punto debatido en muchos países: el conflicto entre sexo (o color), derechos y méritos.

Promover a la mujer en países de extremo machismo es válido. Promover a una mujer solo por serlo, aun careciendo de derecho o méritos personales, es grave error.

La sustancia del principio de igualdad es tratar a todos por igual, independientemente de su sexo, religión, color o procedencia. Es principio recogido en tratados internacionales.

Las normas sobre igualdad deben combatir la desigualdad, no crear una nueva, de signo inverso. Vetar a un hombre con méritos personales para promover a una mujer sin ellos es, además de injusto, estúpido. Negarle derechos, una barbaridad.

Valorar justamente méritos y derechos constituye la verdadera igualdad.

 

az.sinveniracuento@gmail.com