•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Aprender a leer para una persona de cualquier edad tiene un gran incentivo: comprender el mundo en que vivimos, lo cual también le despierta el interés por contribuir a mejorarlo. Pero este importante aprendizaje no está reservado para quienes se alfabetizan, más bien es el tipo de aprendizaje que debe durar toda la vida, pues la realidad nos desafía en los distintos ámbitos (en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en nuestras relaciones humanas y con el medio ambiente). Los centros educativos tienen un rol clave para desarrollar esta importante actitud y habilidad.

“Hacer que la escuela coincida con la vida”, como Paulo Freire nos planteó, es un reto fundamental de los centros educativos. Y es que la realidad constantemente nos reta en nuestras etapas de aprendizajes: en pre-escolar, primaria, secundaria, técnica, en la capacitación, en las universidades y los más altos niveles de innovación. No importa el o los niveles que atiende un centro educativo, la oferta de sus modalidades educativas debe responder a las necesidades, intereses y propuestas de la comunidad educativa en los territorios.

Los centros educativos están llamados a crear en sus aulas, en sus ambientes y dinámicas de trabajo, condiciones para que el estudiantado desarrolle competencias menos académicas; por ejemplo: un pensamiento crítico; un razonamiento científico y técnico; un manejo adecuado de las crisis, emergencias o epidemias; sensibilidad cultural; sensibilidad ambiental; aprendizaje de las lecciones de la historia; el cultivo de valores para la convivencia sana, solidaria y constructiva, entre otras.

Por ello, más allá de las condiciones materiales mínimas, un centro educativo ha de estimular su capacidad para reflexionar y dialogar internamente y con la comunidad, sobre sus realidades, sus aspiraciones, sus problemas y sus visiones; debe identificar recursos calificados y documentos para compartir conocimientos pertinentes y relevantes con la docencia y el estudiantado. Este tipo de intercambios, permite identificar, adecuar y dosificar el estudio de la salud local, la geografía y el medio ambiente en los territorios, el comportamiento sexual y reproductivo de la comunidad, la cultura, el arte y la idiosincrasia del barrio, la historia del municipio, la realidad tecnológica de la región, la economía familiar o comunitaria, y otros aspectos del desarrollo local.

Algunos de estos contenidos están presentes en los programas de estudio, con la visión nacional o internacional. Y evidentemente, no basta con una indicación en el programa de estudios para que automáticamente estos se adecuen a la realidad local; se requiere de coordinaciones y entendimiento de los centros educativos con los actores sociales, económicos, ambientales, culturales y políticos de la comunidad. Y esto requiere de entrenamiento y acompañamiento a técnicos, directores y docentes para que vayan siendo, poco a poco, “facilitadores de comunidades de aprendizajes”, en donde todos aprendemos y todos enseñamos, basados en nuestra realidad.

Los centros educativos, al ser ejes y escenarios de amplia participación y aprendizaje comunitario, deben desarrollar sus propios planes educativos que requieren de directores y directoras empoderados técnica y gerencialmente, ya que son actores claves para formar equipos técnicos con los cuales adecuar los contenidos de estudio y enfocarlos en temas realmente útiles y necesarios para el estudiantado en su realidad personal, familiar, comunitaria y social territorial.

Igualmente, la formación y capacitación de la docencia en servicio, la cual se hace ahora a varios miles de docentes en cuatro universidades y un poco en los Tepce, ha de enfatizarse, sin embargo, en pedagogías que superen el tradicional verticalismo, formando maestros y maestras “que sapan enseñar” a estudiantes “que no saben”. Y en su lugar, se deben formar docentes que estimulen la investigación, la verificación de conocimientos en situaciones diversas, así como el diálogo para construir conocimientos colectivos, entre otros.

De esta forma, un estudiantado que experimenta la vida de un centro educativo que lee y está comprometido con mejorar la realidad de su comunidad o territorio, definitivamente está estimulado a comprender y aplicar los conocimientos en diferentes situaciones, y tiene una base para enfrentarse con posibilidades de éxito a los problemas de la vida. Esto es una vía para lograr aprendizaje de calidad.

Evidentemente, desarrollar este tipo de experiencias supone retos y aperturas para promover, formar, entrenar, generar y acompañar una gran diversidad de experiencias territoriales con iniciativas e identidades propias. Un reto que vale la pena afrontar para que la educación ofrezca aprendizajes de calidad efectivos y así el desarrollo de nuestras comunidades y del país sea un hecho.