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España fue gobernada durante 35 años por la férrea dictadura derechista de Francisco Franco, después de una terrible guerra civil entre republicanos comunistas y monárquicos fascistas que dejó destruido al país en todo sentido, y dividida y polarizada la sociedad. Cuando Franco sintió cercana su muerte, decidió que se restableciera la monarquía y le sucediera en el poder el nieto de Alfonso XIII (quien abandonó España para evitar la guerra civil que al final terminó dándose). Ese nieto es don Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, casado con doña Sofía de Grecia y Hannover (hija del rey de Grecia, Pablo I). Franco no reconoció el derecho al trono que tenía el padre de don Juan Carlos, don Juan de Borbón, con quien no simpatizaba.

Don Juan Carlos fue proclamado rey el 22 de noviembre de 1975, tras la muerte de Franco, de acuerdo con la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947. Anterior a su proclamación, había desempeñado funciones interinas en la jefatura del Estado durante la enfermedad de Franco, por delegación de este. Algunos años después de subir Juan Carlos I al trono, su padre lo reconoció como legítimo rey.

Quizá Franco pensó que don Juan Carlos ejercería su reinado como rey absoluto, al estilo de la dictadura franquista, como un Jefe de Estado con todos los poderes, con una dictadura totalitaria al estilo de los reyes de la antigüedad y los dictadores de la modernidad. Pero no resultó así: Juan Carlos I decidió darle a España la democracia y la libertad que tanto necesitaba, y renunció a su poder y privilegios, proclamando una Constitución totalmente democrática, moderna y con las más amplias libertades.

La Constitución, ratificada por amplísima mayoría en referendo popular el 6 de diciembre de 1978 y promulgada el 27 de diciembre del mismo año, lo reconoce como rey de España y legítimo heredero de la dinastía histórica, otorgándole la Jefatura del Estado. Pero un Jefe de Estado que no gobierna. La Constitución establece un gobierno parlamentario electo democráticamente, con un parlamento que crea las leyes, un presidente del Gobierno que ejerce el Poder Ejecutivo y un Poder Judicial absolutamente independiente. El rey, como Jefe de Estado, tiene una autoridad eminentemente simbólica pero de gran respeto; es una figura honorable y prestigiosa que encarna la historia y la unidad de un país de muchas nacionalidades.

El 23 de febrero de 1981 un grupo militar de extrema derecha intentó dar un golpe de Estado, que hubiese entregado al rey grandes poderes. El rey lo condenó con firmeza abortando tales intenciones, ratificando su vocación por la democracia y la libertad que había establecido, y logrando que la polarización política fuera transformándose en colaboración para construir la España pacífica y moderna que hoy conocemos.

Los gobiernos españoles recurren al rey, con extraordinario éxito, para importantes asuntos de relaciones internacionales y promover su industria y comercio en el mundo. Ha servido de árbitro conciliador en situaciones políticas delicadas internas e internacionales. El aprecio hacia Juan Carlos I, que han expresado ante su renuncia los principales partidos políticos, los organismos empresariales y los grandes sindicatos, refleja la utilidad de la monarquía y cómo los españoles valoran su importancia. Aunque hay grupos minoritarios, pero bulliciosos, que quisieran dar al trasto con ella, lo cual sería dar al trasto con España, lanzándola al caos.

Nadie ha hecho tanto a favor de la democracia, las libertades, la modernización, la unidad, la paz y el progreso de España como el rey Juan Carlos I, y seguramente su hijo Felipe VI seguirá sus pasos.