Francisco Javier Bautista Lara
  •   Managua, Nicaragua  |
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Estas líneas sobre asuntos cotidianos impactan a la mayoría de las personas que, como sabemos, son los peatones, la gente de a pie, que no tienen vehículo propio, que usan poco el taxi, que suben con frecuencia a los buses, que sufren la falta de amabilidad de los conductores, y que son víctimas de robo de “cosas de bagatela” y de maltratos diversos (parte de “la cifra oscura”), no entran en la tubería policial ni penal, aunque pueden ser sospechosos por hacer o no hacer nada, por su indumentaria corriente, trabajan cuando se puede y en lo que se pueda, ganan para subsistir y viven, a pesar de las adversidades, con optimismo y esperanza.

Son mayoría de la población común de las ciudades, de la nuestra en particular, y suelen ser olvidados de los diseños urbanísticos. Aunque afortunadamente el gobierno nacional y municipal durante los últimos años se ha acordado de ellos(as), son insuficientes los andenes para caminar, las bahías de paradas con aleros para protegerse de la intemperie, las cebras peatonales para cruzar, los semáforos peatonales no existen, los puentes metálicos para atravesar avenidas principales (horribles y cargados de publicidad) son insuficientes y algunos, como el que estaba al norte de la rotonda Santo Domingo, después de la ampliación de la carretera a Masaya, fue eliminado y sus usuarios, retomaron el arte de sortear los carros para cruzar la calle.

Aquí, próximo al lugar, hace unos días (4/6/2014) un niño de La Cruz del Paraíso, de las Sierras de Santo Domingo (la parte más popular de las Sierras), de apenas nueve años, venía de uniforme escolar al medio día, de la mano de su tío, desde el Instituto Salvador Mendieta de la Centroamérica y encontró, en su temprana edad, la muerte al ser atropellado por un bus que trató de esquivar a otro conductor en circunstancias que, más allá de lo técnico-legal, segó la vida de un inocente peatón, parte del gremio “olvidado” al cual nos referimos. ¡Qué tristeza!

Soy peatón aficionado, camino cuando puedo, por salud y deseos de hacerlo, para conocer la cotidianidad y los entornos de donde vivo: cauces, basura, olores, rostros y diversidad se perciben mejor en la proximidad; observo y soy testigo de los auténticos peatones, consuetudinarios y necesitados, del drama que cotidianamente viven, bajo el sol incandescente y sin protección al sol ni de la lluvia que, como sabemos, se ha atrasado por puras ganas de protestar ante las inclemencias de la desigualdad y el maltrato, preguntémonos y sabremos.

El auténtico peatón quizás no lee periódicos, seguramente este artículo no será visto por los peatones de oficio, quienes caminan y caminan, no por opción, sino porque no les queda otra, o caminan o no van a ningún lado, sana costumbre caminar, imposición de riesgo.