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Son las cinco de la mañana y el celular suena chillonamente, arrancándome abruptamente del sueño. Inmediatamente me levanto a desactivarlo, para no despertar a mi esposa, mientras escucho muy queda la vocecita de mi nieta Valentina que conversa con los fantasmas del alba. Me asomo a la ventana de mi cuarto y observo el celeste infinito del cielo rompiendo paulatinamente con la oscuridad y pienso: alguien debe manejar los hijos de nuestra existencia ¡Dios existe!

Así comienza un día cualquiera de mi vida. Sin aspavientos ni afanes. No rezo como los católicos ni oro como los escribas, pero sí hablo y digo lo que siento y lo que espero. No me desespero por tener lo que no tengo. Me gusta desayunar un buen gallo pinto con una taza de café, a pesar de tener alto los triglicéridos. Leo los diarios, releo los pasajes de algunos libros queridos que pernoctan en mi antigua biblioteca y luego me tomo mi correspondiente coctel de pastillas para seguir viviendo.

Mientras llega la hora de irme al trabajo, observo el verde cerro que se alza desafiante a lo lejos. Hombres y mujeres pasan frente a mi casa caminando con sus mascotas. El ruido de algunos vehículos interrumpe el silencio de una mañana apacible. Entre lloriqueos, mi esposa alista a Valentina para que vaya al colegio, mientras ella insiste en llevarse el juguetero. Luego de dejarla en el colegio, me voy al trabajo a comenzar una rutina que termina por las tardes cuando vuelvo a casa.

Y así terminan todos los días de mi vida. Una vida sencilla, discreta, ordinaria y sin grandes problemas. Tal vez las cosas no son como yo las soñé. Pero podrían haber sido peores. Algunos sueños se frustraron por mi falta de carácter y entrega. Otros sueños aún guardan la esperanza de ser rescatados. Quise ser médico, pero mis padres eran pobres. Luego estudié Sociología y Derecho, carrera que abandoné a mitad del camino, por mi falta de carácter, hasta que el destino se impuso: el periodismo sellaría mi matrimonio con la literatura, y esta no me abandonaría jamás a pesar de mis veleidades.

Pese a mi inconstancia, he logrado sobrevivir gracias a Dios y al periodismo. Aunque creo que Dios ha intervenido por mi suerte, a través de la escritura. No entiendo cómo un hombre como yo, pobre, sin padrinos, haya sorteado las enormes dificultades que trae la indigencia material.

Aclaro: nunca he tenido nada, pero he tenido todo. Me siento una persona afortunada, aunque no tenga cuentas en el banco ni haya alcanzado ningún estatus social. Tengo una familia que no es perfecta, pero es la que tengo. He amado, he sufrido y he pecado. He visto salir el sol y me he sentido en el umbral del infierno. He recorrido caminos rectos y sinuosos. Conozco el remordimiento y el perdón.

No me golpeo el pecho en las iglesias ni me congrego donde pastores religiosos que han convertido a Dios en un negocio cotidiano. No doy el diezmo pero las cosas que puedo dar, las doy en secreto. No presumo de santulón ni cosa que se le parezca. Detesto a aquellos que se la pasan juzgando a los demás sin tratar de resolver antes sus propios problemas. Solo recuerdo la frase de un personaje en la novela “El Gran Gastby”, de Scott Fitzgerald, que dice: “Cuando vayas a juzgar a otros, recuerda que no todos tuvieron tus ventajas”.

Sin embargo, hay algo que me resulta irónico: toda mi vida pasé huyendo de Dios para finalmente tropezarme con él. De niño, la religión me acercó, pero la literatura comenzó a separarme. Cuando llegué a la adultez, mi mente era un rompecabezas. El ateísmo era una moda. El nihilismo era una forma de vida. Pero, ahora, que me levanto todas las mañanas escuchando la respiración de mi esposa, la vocecita angelical de Valentina y respirando el viento que viene del cerro, me doy cuenta que Dios existe, y como diría Carlos Fuentes, Dios insiste.