•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Entre las respetables testas letradas de mi ciudad, José Bárcenas Meneses, autor de Las conferencias del Denver (1926), vivía casi frente a mi casa en la calle La Calzada; Carlos Cuadra Pasos en la calle --paralela al norte de la mía-- La Libertad, y Carlos A. Bravo en la paralela al sur: la Calle Caimito, llamada anteriormente Ordóñez. Los dos primeros habían sido políticos conservadores, y el tercero era reconocido como apologista del liberalismo; pero Cuadra Pasos y Bravo proyectaban una significativa dimensión a nivel nacional. Ambas las valoraría oportunamente en mis escritos. Aquí solo quiero apuntar que admirarlos de lejos constituyó una suerte para mi adolescencia.

Carlos A. Bravo (1882-1975) me enseñó a conocer y a amar nuestra tierra a través de sus conferencias radiales que cada domingo se escuchaban en todo el país; fue don Carlos —tío de Noel Rivas Bravo, mi más caro amigo—, un personaje único que, habiendo nacido en Chontales, se transformó en granadino excepcional y en granadinista, asimilando el tradicional espíritu de la ciudad, proclive a la fisga y al humor punzante, pero con un gran sentido de la finura.

Sin embargo, alguna vez a su humor le salió el tiro por la culata, según anécdota que le oí a un exdiscípulo suyo. Este refería que en el Instituto Nacional de Oriente, cuando enseñaba preceptiva literaria, el profesor Bravo decidió llevar a la práctica la lección programada para ese día: el discurso fúnebre. Y se acostó en la tarima, figurando que acababa de fallecer, para que cada alumno pronunciara unas palabras ante su cadáver.

Pasó el primero y dijo, demostrando que había asimilado el tema: Descansa en paz, querido y recordado profesor y gracias. Gracias por haber enseñado a varias generaciones el aprecio por la belleza, el amor a la poesía… El segundo alumno, cercano a la retórica leonesa, expresó: Estoy seguro que todos estaremos de acuerdo en aceptar que don Carlos A. Bravo, fue en esta vida un diamante. Un diamante por su transformación maravillosa de hombre común en luz que alumbró nuestra sufrida Nicaragua. Un diamante, eso fue… Esteta, escritor, orador, periodista destacado y engrandecido por los más altos relieves de una sólida cultura.

El tercero, el cuarto y los restantes, más o menos, repitieron los elogios anteriores. Pero el último —un muchacho de Diriomo— cambió, de pronto, el tono: Al fin murió Carlos Bravo —exclamó de forma altisonante, subiendo los brazos al cielo. Tanto que nos jodía y nos obligaba a estudiar para burlarse de nosotros.

—Cállese, cállese —le contestó en voz baja e inmóvil, desde su ataúd invisible, el aludido; pero el diriomeño le replicó:

—Cállese usted, que está muerto.

Yo gestioné con la UNAN el doctorado honoris causa en Humanidades para este notable profesor de 88 años, conferencista y literato, dariano constante y modelo de intelecto, ávido de letras universales y americanas, de geografía y pueblo. Pero el rector de entonces no colmaría mis expectativas ni la del propio don Carlos, pues lo que recibió mi candidato, fue el título de profesor honorario. ¡No de doctor!

Así, El Mundo —último diario impreso en Granada— registró la ceremonia de la entrega de ese título el viernes 24 de abril de 1970. Desarrollado en la casa del ilustre hombre de letras, tomamos la palabra el doctor Carlos Tünnermann Bernheim, Enrique Fernández Morales y yo. Una fotografía de ese acto quedó para la historia. En ella aparezco con el doctor Edgardo Buitrago y con don Carlos. La distinción era valiosa, pero no correspondió a la que esperaba el homenajeado.