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La fecha del 9 de junio de 2014 debería ser considerada para siempre un hito en la historia de la humanidad. Tal vez, adoptando un tono apocalíptico, incluso deba ser considerada como el principio del final de la humanidad, el comienzo de su declive tecnológico. El día en el que la máquina engañó al hombre.

Ningún sistema había logrado tal hazaña desde que en 1950 el matemático inglés Alan Turing decidió crear un experimento para demostrar que los ingenios tecnológicos no contaban con algo que pudiera llamarse inteligencia. Ningún método de computación, ningún programa informático habían conseguido engañar a una persona haciendo creer que eran otra persona, que contaban con inteligencia racional. Hasta el 9 de junio de 2014. Sesenta y cuatro años ha durado, por tanto, la hegemonía de la mente humana desde que un científico entendió que era necesario comenzar a preocuparse por ella, y establecer un límite entre lo que era hombre y era máquina, entre lo que era razón o, simplemente, matemáticas.

El Test de Turing ya es historia. Yace como un cadáver a los pies de un jovenzuelo virtual de origen ruso con gafas redondas de empollón sabelotodo que se presenta a sí mismo como Eugene Goostman, "la criatura más rara del mundo".

Sus programadores han introducido en el sistema algoritmos que le permiten hablar como si fuera un chaval de trece años, y eso mismo es lo que ha hecho creer a los jueces que trataban de determinar a ciegas si al otro lado de la mampara del laboratorio, Eugene era de carne y hueso o de silicio y coltán.

Finalmente, un brazo conformado por código binario empuñó el arma homicida y acabó con la perpetuidad del nombre de Turing. Y lo más llamativo es, precisamente, que el zarpazo final lo dio gracias a la que también utilizan como arma muchas –casi todas– las inteligencias humanas que conocemos: la mentira. A las personas y a las máquinas que participaban en el test batido por vez primera se les permitía mentir acerca de aquello que se les preguntaba, con el fin desorientar a los jueces.

¿Un adolescente que miente amparado en el anonimato virtual? ¿Adultos ajenos a la realidad con la que conviven? Tal vez aquellos que han emulado a los dioses, en la medida en la que han sido capaces de crear inteligencia, también nos estén haciendo llegar, con el asesinato impune y obsceno de Turing y el expolio de su legado científico, el mensaje de que hay una generación incomprendida –y que lo ha sido desde siempre–, que ahora cuenta con el arma de su destreza tecnológica para rebelarse.

Tal vez no sea a la mitológica revolución de las máquinas reducida por la ficción a caricatura a la que tengamos que temer, sino a la de los espíritus de niños que comienzan a quedar atrapados en la incomprensión de un cuerpo de adulto. Y que piensan en digital, porque nacieron ante la pantalla de una computadora.

La imaginación de los escritores de novelas y los guionistas de cine no llegó nunca a diseñar una conspiración tan siniestra como la de ordenadores y adolescentes unidos, dispuestos a poner en jaque a una humanidad que se resiste a reconocer que su realidad está cambiando.

Tal vez, lo que haya que poner realmente en cuestión, en lugar de si existe o no algo que pueda ser considerado inteligencia artificial, sea que hay una verdad absoluta en posesión de adultos analógicos y su forma trasnochada de comprender el mundo que nos rodea. Tal vez Eugene no sea la criatura rara que dice ser, sino un espécimen muy común en nuestra especie, con el futuro en sus manos.

* Periodista

@ oscar_gomez