Augusto Zamora R.*
  • Managua, Nicaragua |
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El incesante goteo de víctimas de accidentes –muertos, heridos y lesionados–, semanas después de la entrada en vigor del nuevo Código de Tránsito, comprueba lo sabido: las normas represivas, por sí mismas, no resuelven lo que pretenden curar.

Se ha demostrado exhaustivamente con la pena de muerte. Su aplicación (véase EE.UU.) no ha servido para reducir en ningún sitio los índices de criminalidad.

Hay otra realidad sobradamente comprobada: solo la educación favorece el cambio de personas y sociedades. A mayores niveles educativos, menores índices de mortandad a todos los niveles.

El tráfico terrestre no es una excepción. Muy fácil es verificar que el único factor que contribuye realmente a reducir accidentes y víctimas de tráfico, es la educación vial.

Tan claro es este factor que los países desarrollados, no obstante los rigurosos exámenes para obtener licencias de conducir, mantienen campañas constantes por prensa, radio y televisión, de educación vial.

El endurecimiento de las normas de tráfico –multas, retiro de licencias, cárcel" suele acompañarse de periódicas campañas educativas, desde la convicción de que la normas represivas castigan, pero no resuelven el problema.

Fácil es aprobar normas, difícil ir a la médula del problema. En países como Nicaragua, la educación vial brilla por su ausencia. Conducir y caminar por carreteras y ciudades es ruleta rusa. No sabemos de dónde saldrá el vehículo que atropellará, la moto que enlutará un hogar.

Normas más duras sí. Educación vial también, en campañas permanentes para salvar vidas.

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