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Tanto la máxima autoridad de la Iglesia católica en Nicaragua, el cardenal Leopoldo Brenes, como el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Sócrates Sándigo, han expresado repetidamente su optimismo sobre los frutos que tendrá el diálogo de los obispos con el presidente Ortega. Diálogo calificado por ellos de cordial, y la actitud del presidente como positiva y receptiva. Optimismo que continúan expresando a pesar de los comentarios pesimistas en algunos medios.

El cardenal ha dicho que las respuestas del presidente se deberán dar al pueblo en la práctica. Por su parte, monseñor Sándigo agrega: “… Nosotros estaremos también disponibles para ir colaborando en solucionar aquellos aspectos, que tal vez no se solucionarán o no se fortalecerán mañana ni a corto plazo, pero esperamos que poco a poco vayan teniendo respuesta”.

Creo que —al menos los católicos— debemos confiar en la sabiduría, el discernimiento y la prudencia de quien san Juan Pablo II escogió como nuestro arzobispo metropolitano y el papa Francisco invistió como cardenal. Su optimismo es, además, reforzado por quien los obispos eligieron como presidente de la Conferencia Episcopal y por el representante del papa en Nicaragua, el señor nuncio Fortunatus Nwachukwu. A los católicos, esta actitud positiva debe motivarnos a ser también optimistas y principalmente a mantener firme en nosotros la virtud de la esperanza, como creyentes en el poder de la oración, pues pocas veces se ha orado tanto como lo hemos hecho por este diálogo y sus frutos.

Los obispos plantearon muchísimos asuntos, entre los cuales pidieron elecciones transparentes y diálogo nacional. Las elecciones son importantes, pues la estabilidad y la confianza en el país dependerá mucho de que las futuras elecciones sean inobjetables.

Sobre este tema, supongo que nuestros obispos solicitaron el cambio del Consejo Supremo Electoral pensando buenamente como pastores, no como juristas, pues este no puede cambiarse una vez electo para cinco años por la Asamblea Nacional —electos legalmente, nos guste o no—, a menos que se viole la Constitución. Seguramente nuestros obispos no desean promover ninguna violación constitucional; su interés de fondo es que haya elecciones transparentes. La respuesta lógica a esa demanda sería que el presidente Ortega impulse reformas que mejoren la Ley Electoral y que se garanticen elecciones incuestionables. Hay tiempo para hacerlo, pues las elecciones serán en noviembre de 2016.

Para que el diálogo nacional —lógicamente político— sea fructífero, primero deben definirse interlocutores realmente representativos y con una agenda común. Si no, resultaría una confusa Babel. Por eso el cardenal Brenes ha dicho acertadamente que todos los partidos y grupos sociopolíticos deben prepararse, comenzar a dialogar entre ellos y formar una unidad para luego presentarse ante el Ejecutivo y “también en un ambiente de fraternidad, presentar sus inquietudes —no imposiciones—, sino presentar inquietudes y buscar soluciones juntos”. Monseñor Sándigo ha dicho que “las energías gastadas en criticar deberían usarse en ser propositivos”, agregando que “en ese sentido ha fallado la oposición, porque ha manejado una postura crítica a nivel simplemente mediático, sin un respaldo fuerte con propuestas”.

Los opositores deben buscar primero un consenso entre aquellas organizaciones que quieran realmente dialogar para llegar a acuerdos concretos con el Gobierno (los que no deseen una concertación y propongan solo la confrontación, ¿para qué van a incorporarlos al diálogo?, ¿para boicotearlo?). Posteriormente, cuando ya estén listos y nombrados sus voceros, solicitar entonces el diálogo, acudiendo con sinceridad y firmeza, pero con respeto y cordialidad; dispuestos a conversar fraternalmente y no a enfrentarse como enemigos; haciendo propuestas, buscando el consenso en los temas sociales e institucionales, pero también aportando para resolver los problemas del pueblo.