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El próximo lunes 23 de junio cumplo 50. Medio siglo. No lo puedo creer. Me pellizcan y no siento. En realidad, es mucho y es poco. Es casi toda una vida y casi nada. Hace un año escribí que nunca llegaría a esta edad, pero aquí estoy para desgracia de muchos y fortuna de pocos. Qué le voy a hacer: muchos creyeron que moriría joven, siguiendo una trágica tradición, pero la maldición se truncó.

A los diecinueve años perdí a mi padre. Mi corazón se partió en dos. Fue un espejo que se quebró en mil pedazos en mis manos de adolescente. Desde entonces, el titular de un reportaje que apareció en un diario registrando su muerte, suena como mi epitafio: Félix Navarrete o la alegría de ser triste. Soy alegre y triste a la vez. Tengo ganas de vivir y miedo de hacerlo. Esa dicotomía es la que me ha dividido hasta hoy en el poeta que creí ser y en el hombre que soy. En el hombre de familia que aspiré a ser, y en el hombre exitoso que nunca seré. Quién lo sabe.

A los veintitrés conocí el amor en su expresión más inocente. Nos enamoramos en la oscura sala de la Cinemateca, teniendo como cómplices a John Voight y Dustin Hoffman en la película “Midnight Cowboy”. De ese amor integral, tuve dos hijos. En ese entonces, éramos unos seres privilegiados: nos pagaban para ver y clasificar películas todo el día.

Qué maravilla. Todo era felicidad y comprensión. Viajábamos en bus y no teníamos nada. Solo unos cuantos pantalones azulones y las ganas de vivir. De esos momentos felices solo quedan recuerdos. La felicidad es eso: un conjunto de hermosos instantes. No le busqué explicaciones científicas a la vida. Confórmese con esos destellos de luz en medio de tanta oscuridad.

A los treinta años fui seducido por la burocracia. Después de trabajar en diarios y revistas, conocí el sedentario mundo de la oficina, y allí eché raíces. Publiqué muy tarde mi primer libro y me convertí en un consumado burócrata, desatándose una lucha interna entre lo que puedo ser y lo que quiero ser, entre mis sueños y mis necesidades. Nunca di rienda suelta a mis demonios. Los controlé y fue un error. Creo que si desde niño hubiera priorizado los dictados del corazón, estos me hubieran llevado a la muerte precoz o la cima del éxito. Mejor no quiero imaginármelo.

A los cuarenta, comencé a tomarme la vida más en serio. Me embarqué en un proyecto importante: me endeudé con un banco para comprar una casa grande en la que todos viviéramos como una familia. Fue la casa de mis sueños, enclavada en un valle, con un paisaje maravilloso y un clima agradable. En ella solo quedan los recuerdos de mis hijos conversando en la terraza y aquellas cenas de Nochebuena que disfrutábamos bajo aquel cielo limpio y estrellado de diciembre que nunca más volvimos a ver juntos.

Ahora que estoy en los 50, me doy cuenta que no he sido el hombre que quería ser, sino el que moldearon las circunstancias. No sé si fue en los “Cantos de Maldoror” que leí esta frase, pero resume lo que he querido decirles en todas estas líneas: “Por delicadeza, perdí mi vida”. A veces pienso cuánto tiempo perdí en enderezar los entuertos de los demás, creyendo que la nobleza es productiva y que viviendo la vida de los otros, no iba a terminar perdiendo la mía. Qué ingenuo fui. En mi caso corrijo esa frase y digo: Por idiota, perdí mi vida.

Sin embargo, lo hecho, hecho está y hay que doblar la curva. No sé qué me espera al otro lado, pero estoy seguro que no viviré otros 50. A lo sumo, viviré otros 20 años más, si es que tengo un poco de suerte. Ya sé que jamás seré rico, que nunca ganaré el Premio Rubén Darío, que nunca me sacaré la lotería, que siempre tendré miedo de vivir y que mientras tenga fuerzas, seguiré escribiendo y amando a mi familia y mis amigos, las dos únicas razones por las cuales vale la pena seguir vivo en este mundo.