Augusto Zamora R.*
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Vivimos en un continente casi absolutamente cristiano. Católico o protestante, da igual. El único libro sagrado que leemos o escuchamos es la “Biblia”, en sus diversas versiones.

La colonización europea ha sido, en América, casi total. Hablamos sus idiomas, somos parte de su cultura y descendemos la gran mayoría –unos más, otros menos–, de europeos.

Las poblaciones indígenas, guardando sus particularidades, fueron cristianizadas. Solo unos pocos pueblos guardados en la vastedad de la Amazonia han subsistido al margen.

Los cristianos culturales, no obstante, somos apenas un tercio de la humanidad. Otro tercio profesa el islamismo, más de mil millones el budismo y el resto otras creencias.

Esto puede parecer una obviedad, pero no lo es. Los pueblos americanos, aislados por la geografía, desconocemos lo que es el diario intercambio con grandes civilizaciones.

Ignoramos sus culturas, tradiciones, literaturas, cocinas… Su modo de ver y entender el mundo. Nuestra insularidad impide interactuar con dos tercios de la humanidad. Desde este continente-isla vivimos de espaldas al mundo.

El aislamiento nos preserva de conflictos externos –EE.UU. al margen–, como terrorismo, fanatismos religiosos, aluviones migratorios de ‘los otros’, shocks culturales...

También nos priva del enriquecimiento que nace del intercambio y conocimiento con la inmensa diversidad del mundo.

Y nos esclaviza política, económica y culturalmente al país más poderoso del continente, que ha, incluso, usurpado su nombre.

Hoy, el desarrollo científico-técnico ha acortado espacios, pero no ha establecido puentes con otras civilizaciones. Esos debemos construirlos, para nuestra propia prosperidad.

az.sinveniracuento@gmail.com