Jorge Eduardo Arellano
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La vida es una dictadura. Desde antes de nacer, las cosas fundamentales que determinan la calidad de nuestra vida futura ya están decididas, como el sexo, el color de la piel y los ojos, y muchos otros aspectos de nuestra condición social.

No elegimos nacer. No elegimos a nuestros padres, ni a nuestros hermanos. No elegimos nuestra procedencia; nuestro origen es uno y puede que lo neguemos, pero siempre está en nuestro pasado que no podemos cambiar. Podemos reinventarnos, pero el pasado es uno y está ahí en nuestra historia real y verdadera que nos acompaña siempre.

Durante la infancia, son nuestros padres quienes toman la mayoría de decisiones sobre nuestra vida, desde qué comer hasta en qué colegio estudiar o cómo vestirnos.

No elegimos morir. En los casos de suicidio es cuando ya no queda o no vemos otra opción o salida. Y cuando se trata de enfermos terminales sabemos que se libran largas y agonizantes luchas por alcanzar el derecho a decidir sobre su muerte: la que negamos en nombre del respeto a la vida, sin importar la calidad de ésta.

En muchas culturas las mujeres no eligen al hombre con el que pasarán el resto de sus días y al que le parirán hijos e hijas. Muchas mujeres en el campo y en la ciudad no pueden decidir sobre sus cuerpos. En nuestro país el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos ha sido usurpado, en nombre de una religiosidad que atropella la libertad más fundamental. El cuerpo es donde reside la libertad.

Muchos no elegimos vivir, y sin embargo vivimos. No elegimos el clima, ni el congestionado tráfico por la tarde, pues tenemos pocos caminos o atajos para llegar a casa. Al dormir, no elegimos nuestros sueños.

En todo acto de nuestra vida, hay una elección. Elegir es decidir. La mayoría de nuestras actividades tienen que ver con tomar decisiones. Desde que nos despertamos por la mañana estamos decidiendo de qué lado de la cama levantarnos, qué ropa ponernos, qué comer. Muchas de estas acciones las realizamos de forma inconsciente, se vuelven actos mecánicos de un comportamiento entendido como “normal”, de la vida cotidiana en sociedad.

La democracia y el mercado nos venden la ilusión de la libertad y el poder. El mundo moderno nos enseña que somos libres porque podemos elegir el color de nuestro pelo, de nuestros ojos, la marca de nuestro auto. Esa libertad es mayor en la medida que nuestra solvencia económica sea mayor, es decir, nuestro poder adquisitivo.

Se elige con la cabeza y con el corazón, en ambos casos es posible equivocarse. Siempre es un riesgo vivir. Escribir es elegir también, decidirse por una palabra y no por otra, por una frase y no otra. Elegir lo que decimos y lo que dejamos de decir. Elegimos lo que somos.

Cuando son pocas las opciones se hace presente el saber popular: considerar el destino como ajeno a nosotros. Ha sido la estrategia y cosmovisión de nuestra cultura ancestral “ponerse en manos de Dios”, como reza o se lee en muchos autobuses, cuyos conductores nos llevan de forma temeraria por las calles de la Managua: “Dios, en tus manos encomiendo mi espíritu”.


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