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La globalización, lo que hoy denominamos pomposamente con este nombre, ni es algo propio exclusivamente de este tiempo, ni constituye, sin más, la panacea que arregla todos los problemas como si de una varita mágica se tratara.

La existencia de desigualdades en lo que se refiere a la prosperidad económica de naciones y habitantes es obvia y no necesita de mayores comentarios. Algunos, los representantes del pensamiento único anti-globalización señalarán a este fenómeno como el gran causante de esas lacerantes diferencias entre países pobres y países ricos, entre personas pobres y personas ricas. Otros, los fundamentalistas pro-globalización, afirman que este movimiento, que consideran señal de identidad de los tiempos que nos ha tocado vivir, terminará por eliminar esa tremenda brecha entre los fuertes y los débiles, entre los de más y los de menos renta disponible.

Pues bien, precisamente estos días se ha publicado un nuevo informe de la OCDE en el que se recuerda que la pobreza ha aumentado en muchos países desde 2007, eliminado la mayor parte de las mejoras en los niveles de vida alcanzados por los hogares de bajos ingresos en los 20 años previos a la crisis. Los datos manejados por la OCDE constatan algo terrible: los jóvenes y los niños están sustituyendo a los ancianos como el grupo de mayor riesgo de pobreza. Y, para nosotros los españoles, este informe nos dice que somos uno de los países del mundo en los que más crece la desigualdad.

En mi opinión, la posición de Amartya Sen en esta discusión es prudente, ponderada y anclada en el sentido común. Para este economista, que ha pasado a los libros por sus conocidas investigaciones sobre la dimensión humana del desarrollo, la cuestión es bien sencilla: la globalización en sí misma podría acarrear una fuente de mejoras importantes en las condiciones de vida de los habitantes, y a veces lo hace. El problema está en que las circunstancias en que la globalización podría comportar mayores beneficios para los más pobres, no se dan estos momentos. Por eso, no es válido oponerse por sistema a la globalización como si fuera la causa de todos los males.

Lo que sí hemos de intentar, porque precedentes hay y son muy positivos, es, en palabras de Sen, trabajar a favor de una mejor división de los beneficios derivados de la integración económica a nivel mundial. Es decir, buscar unas condiciones en las que la globalización pueda también beneficiar a los países más pobres.

En este punto, el propio Sen descalifica por errónea la retórica que señala que la globalización hace a los ricos más ricos y a los pobres más pobres. Esta afirmación, en mi opinión, representa una perspectiva ideologizada que parte de prejuicios y a prioris bien conocidos por todos. La cuestión clave se podría formular en estos términos: ¿Podrían los países ricos haberse enriquecido a través del mismo proceso de globalización si las circunstancias que los gobiernan fueran distintas? O en otros términos, ¿Podrían buscarse otros contextos, otras condiciones en las que fuera posible que la globalización beneficie a los países ricos y a los países pobres?

Sen opina que es posible siempre que se introduzcan nuevas políticas estatales y locales orientadas a promover programas educativos de calidad, a establecer asistencia médica básica, a promover la igualdad entre hombres y mujeres, a mejorar la agricultura…Estas medidas deberían verse acompañadas por un ambiente en el comercio internacional más favorable al acceso de los productos de los países pobres a los mercados de los ricos, lo que ayudaría a las naciones más pobres a obtener mayores beneficios económicos a escala mundial. Con estos cambios, sentencia Amartya Sen, la globalización puede convertirse en un fenómeno equitativo y justo.