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Leí recientemente “Dios no es bueno”, de Christopher Hitchens, y “El fin de la fe”, de Sam Harris. Esperaba encontrar nuevos esfuerzos para probar científicamente que Dios no existe. Algo que es imposible probar mediante la ciencia, igualmente como probar que exista. Creer en Dios es asunto de fe y razón, no de ciencia; nuestros razonamientos nos conducen a creer en Dios.

Los ateos, como conclusión de su razonamiento, tienen “fe” en que Dios no existe, pero no es una conclusión científica. Aunque los libros ateos a que me refiero, más que afirmar que Dios no existe, son una crítica de la religión.

Hacen un análisis de las religiones que existieron y se han extinguido, y de las que hoy existen, principalmente el judaísmo, el islamismo y el cristianismo, según Hitchens condenadas a extinguirse, y según Harris las causantes de que la civilización humana pronto se extinga. Ambos consideran las religiones como la única causa de todos los males de la humanidad: odio, asesinatos, guerras, genocidios, atraso cultural y científico, etc.

Los datos históricos que citan son reales y sociológicamente tienen bastante de ciertos, pero también mucho de exagerado e injusto. Los crímenes y atrocidades que en la historia humana se han cometido en nombre de la religión, empezando por los primitivos sacrificios humanos hasta los actuales actos terroristas, pasando por juicios, condenas, ejecuciones y guerras “en nombre de Dios”, hablan mal de la religión. Incluso de mi religión cristiana y de mi Iglesia Católica. ¡Nadie lo puede negar! Los tres últimos papas han pedido perdón a la humanidad por los pecados de los hijos de nuestra iglesia.

El ser humano es libre de escoger entre el bien y el mal. Dios estableció una “ley natural” que está en la conciencia de todos, como dice San Pablo en Romanos 2.14, 15. Una “ley escrita en el corazón”, frecuentemente violada por la maldad, o sea, por el pecado. La libertad de decidir más allá del instinto es inherente y exclusiva del ser humano, dotado de razón. Los animales no la tienen. La religión es practicada por seres humanos que a veces escogen hacer el mal desde cualquier actividad humana, incluyendo la religión. Pero la maldad no es producto de esta.

La religión, como el arte, la tecnología y la ciencia, ha sido utilizada para el bien y para el mal. Las flechas se usaron para asesinar, la química para envenenar, las computadoras divulgan asquerosa pornografía infantil. Pero también las flechas servían para proveer alimentos, la química produce medicamentos para salvar vidas y la computación es maravillosamente útil.

Todo puede usarse para el bien o para el mal, no solo la religión. Relatar todo lo bueno que la religión ha hecho y hace, ocuparía varias bibliotecas.

La religión no es culpable de la maldad en la historia humana. Como ejemplo recordemos algunos de los mayores genocidios: los campos nazis de concentración y exterminación de millones de judíos; las purgas de Stalin en la Unión Soviética con más de un millón de prisioneros muriendo sometidos a trabajos forzados en Siberia, más otros millares fusilados; y las bombas atómicas lanzadas por el gobierno de Estados Unidos sobre dos populosas ciudades japonesas, quemando vivos a hombres, mujeres, ancianos y niños, a toda la población civil de Hiroshima y Nagasaki. Ninguno de estos genocidios se debió a razones religiosas, ni eran religiosos Hitler ni Stalin. Este último un ateo militante.

Ambos libros exponen la maldad humana y me hacen valorar más la redención de Cristo, la bondad de Dios y la necesidad de la religión.