Alfonso E. Castellón Ayón
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Realmente fue admirable la estrategia usada por los dirigentes de la oposición en Venezuela para oponerse a la entronización en la jefatura del Estado del coronel Hugo Chávez Frías. Si entenderá Chávez ese mensaje es asunto de otro artículo, pero por de pronto --como diría el historiador Díaz Lacayo-–, permítaseme analizar desde mi óptica las consecuencias.

La primera y más importante: el presidente venezolano comprobó que su 60 y resto por ciento de apoyo popular ha disminuido a menos del 50. Unos dicen que entre el ocho y el 14% puede alcanzar el porcentaje restado. En términos numéricos esto nos arroja cifras respetadas de ciudadanos conscientes del peligro que implica el endiosamiento de los líderes. Ya no es considerado “imprescindible”, como él mismo autoproclamaba.

La segunda, también importante, es que conoció perfectamente la reacción del electorado, y sabe que cuenta con el 40 ó 50% de los votos. Lo que proporcionará una victoria segura a su candidatura, en caso de haber nuevas elecciones para presidente, porque el candidato de la oposición con que se enfrente, o con los candidatos (posiblemente), éstos tendrían que compartir el restante cociente electoral, es decir, la otra mitad. Evidentemente no ganaría un candidato de los partidos de oposición, a menos que éstos se unieran como quisimos hacerlo aquí, y fracasamos. Por tanto, el coronel Hugo Chávez Frías sigue sosteniendo la sartén por el mango. Sin embargo, podría enseñarle a buscar simpatía entre sus críticos del actual NO, concentrándose con mayor énfasis en gobernar para los venezolanos y no para los bolivarianos, cubanos, nicaragüenses, iraníes, ecuatorianos y cualquier otra fuerza emergente de la izquierda “agresiva y bochinchera” de Latinoamérica o el Medio Oriente.

Tercera: es muy importante para Hugo Chávez, como para el resto de compañeros de aventuras “albinas”, reconocer el valor de la opinión de un pueblo. El cual sabiendo que vive en un país en que se puede nadar en petróleo, líquido vital para movilizar industrias y otros menesteres de la actividad productiva de los países, ya no quiere ver a su Presidente resolviendo o tratando de resolver los problemas ajenos a Venezuela, sino los propios. ¡Los presidentes deben de gobernar para sus gobernados!

Moraleja: pongan su barba en remojo líderes de la izquierda recalcitrante, belicosa y confrontativa del continente. Serán sus mismos pueblos quienes les pidan o exijan cuentas. No es cuestión de los gringos imperialistas ni del neoliberalismo o capitalismo salvaje, que dicho sea de paso gozan y usufructúan el o los que aspiran a tan mórbidas intenciones reeleccionistas. Alegan que son democráticos, pero a la primera crítica seria que se les hace, se sueltan en improperios y dan rienda suelta al verbo jactancioso, confrontativo e inoportuno.

Nuestros pueblos necesitan líderes que peleen, aboguen y defiendan sus intereses. Que defiendan el derecho a una vivienda aceptable, al trabajo bien remunerado, al acceso a la salud pública y la educación, y sobre todo al justo y equitativo privilegio de poder escoger a sus dirigentes. Las dictaduras no son bien vistas ni siquiera por quienes las observan desde lejos. Mucho menos por quienes las podríamos vivir en pleno siglo XXI, o las hemos sufrido en el pasado reciente.

acastell46@yahoo.com