Jorge Eduardo Arellano
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Venimos desde hace tiempo preparándonos para estas elecciones de alcaldes, y siempre viendo un mismo Consejo Electoral. No es nada nuevo que este Consejo está politizado, y ahora, en estas últimas elecciones lo hemos visto muy claramente. No sé por qué los nicaragüenses nos dejamos imponer desde hace tiempo, a un Roberto Rivas mangoneando a su gusto y antojo las decisiones del Consejo.

El problema comenzó al inscribirse los diversos partidos políticos de Nicaragua y vetar de modo especial a los partidos MRS y Conservador, poniendo excusas plenamente superables. Esto le ganó el repudio de toda la sociedad nicaragüense; el colmo fue que al final (parece que por orientaciones del Ejecutivo) rechazó plenamente a los observadores tanto nacionales como internacionales, y así oscurecer la transparencia y honestidad de las elecciones.

Sabiendo que estas elecciones eran como un referéndum de las gestiones del Gobierno de Ortega; y sucedió como en el año noventa que el pueblo estaba decidido a votar mayoritariamente contra el orteguismo. Pero este señor Rivas, por miedo a perder las elecciones a favor del FSLN, determinó junto con Ortega que no era necesaria la participación de los observadores internacionales. Por más que se insistió, no fue posible la observación internacional.

Aquí se viene viendo cómo se va gestando el fraude electoral, tanto por la supresión de los partidos políticos como por no querer observación internacional.

Lo peor fue que ya ni los observadores nacionales pudieron participar. Hubo pleitos y caprichos, de modo que ya estamos viendo las consecuencias de esta debacle de las elecciones.

Ya se sabía que este fraude electoral se iba montando poco a poco por el partido de Ortega, ya que toda la organización de las Juntas Receptoras de Votos estaba completamente dominada por el orteguismo, con unos fiscales mal entrenados que se podía hacer cualquier cosa con ellos. El problema de miles de cédulas sin poder retirar ha sido otro elemento del fraude.

Ortega sabe muy bien que no es popular ni aceptado por la mayoría del pueblo, y quiso imponerse a las buenas o a las malas, con el resultado de la no aceptación de los votos contra el orteguismo.

La violencia está dada nuevamente en nuestra Nicaragua. Nunca podemos arrancar de la postración en que nos encontramos desde los tiempos del terremoto de 1972. Decimos que la “violencia engendra violencia”. Considerando la violencia institucional del gobierno junto con el poder Electoral, planificando el fraude, es comprensible que se genere esta “rabia injusta” por el partido PLC, que está probando con las actas en la mano todo el fraude montado en Nicaragua, y de modo especial en el municipio de Managua.

Parece que Ortega quiso mandar no sólo desde la Presidencia, sino que desde la Alcaldía, y por eso puso de candidato a alcalde a un monigote. Ya pudimos ver a lo largo de la campaña la pobreza de espíritu de ese boxeador.

Es una gran pena, y es “vox populi” que estas elecciones no han tenido la transparencia debida, ni la honestidad; sólo se impuso la línea dictatorial y manipuladora de los señores Ortega.


Dios salve a Nicaragua y que no ruja la voz del cañón.