Francisco Javier SANCHO MÁS
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Como este año, por circunstancias, no lo haré, escribo con la cabanga de no poder ir a cantar la Purísima con mis sobrinos. Es una tropa de pequeños cantores y cantoras que por estas fechas nos dan entrada con sus voces, seguidas por nosotros, con más pena por ser grandes, tratando de no olvidarnos de las letras antiguas y barrocas de las canciones escritas en un cuadernillo. En algunas casas nos ha ocurrido que los anfitriones del altar, al comprobar nuestra debilidad de voz, nos han tenido que ayudar con un disco donde un par de viejitas se desgañitan cantando las lindezas de María y su victoria sobre el infierno.

Tenemos ya cierta experiencia sobre las calles, barrios y colonias donde es mejor la Gritería porque es más alegre y están llenas de gente. Pero hasta mis sobrinos saben que cada año han venido a menos los regalos que se dan en las purísimas. Al principio hasta nos volvíamos con baldes repletos de nacatamales. Ahora ya es difícil que eso ocurra, salvo en las purísimas que están “buenas”, como dice la gente al cruzarse con nosotros en la oscurana de algunos barrios. “Vayan a esa”, y señalan con un gesto de labios y manos inequívoco a un gran gentío esperando en fila su turno para cantar ante un altar rebosante de ramas de madroño y flores de pastora y hasta de lucecitas de colores o figuritas coladas del portal de belén que se adelantan a su fecha.

Por Don Bosco o la Diez de Junio la gente sabe bien dónde queda una de las “gruesas” de la familia de un comandante sandinista, pero no nos acercamos al mirar las calles acordonadas de policía. Cuando hay tiempo, llegamos allá por Monseñor Lezcano, y si fuera por los chavalos seguiríamos recorriendo los lugares de la vieja Managua, y el viejo Barrio de los Pescadores. Es la parábola repetida del viejo evangelio: donde más se da, o donde más lucen los altares, aunque no se regale mucho, es donde más pobreza hay, donde se hace y se da lo poco, que es todo lo que se tiene y a veces hasta más que eso.

La ciudad de Managua nunca es más alegre, y nunca tiene más identidad que cuando celebra su Purísima, porque es entonces principalmente cuando la ciudad se encuentra. En horas muy tempranas abren la tarde los carretones que vienen bajando del “Camilo Ortega” o del Reparto Shick mostrando en familia una multitud de pequeños, y mostrándose con otra cara risueña, sin que se pueda disimular la sombra de las amenazas que arrastran, como la falta de luz, o el precio del frijol y otras expectativas rotas. A los lados del carretón que salta y a veces salta mucho (las calles están cada vez peor), van bailando las piernitas revestidas de encajes de los vestidos colores pastel y los zapatitos brillando. Ustedes no habrán visto una fiesta más segura y alegre que esa que anuncian los niños sobre la madera que salta. Para los que llevan las riendas, las más de las veces, se trata de una oportunidad de las que hay pocas en el año, y de alguna manera también una carrera para llegar temprano donde saben que temprano se acaban las viandas. Pero ese día, sobre la madera que carga a toda la familia rota o unida, hay un calor parecido al refugio, algo así como estar pegados uno contra otro antes de que venga el frío.

Antes, la Purísima era casi como está volviendo a ser. Los regalos consistían en limón dulce, caña de azúcar y pocas cosas más. Luego la cuestión se fue prodigando, y en muchos casos es un esfuerzo que la gente hace, como una especie de canto anual hacia la misma gente con una imagen de la Virgen como testigo.

En la misma fecha, desde Miami, si con suerte no se pierden, las maletas llegan con todo un mes de diciembre adentro, y el aeropuerto está como nunca de ojos curiosos pegaditos al cristal por si logran ver antes que nadie al papa, a la abuelita o a la tía o al primo que consiguió volver. Y en Peñas Blancas, y cerquita de los ríos de la frontera con Costa Rica, viene una larga caravana que no es la de Belén, pero que se repite todos los años, un rito de inmigración, esperanza y pobreza, ellos también cuando consiguen volver. La caravana de nuestra otra mitad en el exilio de la falta de todo.

Una vez, haciendo fila para una Purísima de una casa en la que ya no quedaba nada que ofrecer, un grupo de cuatro jóvenes se dio la vuelta buscando (era ya de noche) otro altar más cuantioso; entonces, alguno comentó al marcharse: “Esta Purísima está palmada”. Yo miré a mi sobrina aún de pie en la fila, y me dijo, como advirtiéndome por si me quedaba alguna duda: “Pero yo quiero cantar”. Y la verdad es que de eso se trataba.

Y cómo no, está la Virgen. A mí, mientras los sobrinos cantan y yo hago un tanto la mueca, me quedo viendo las imágenes que recubren en muchos casos lo altares. Vírgenes que siempre miran al cielo, en una mirada que nos salve como en la primera Purísima de León, de las lavas ardientes del volcán, que es como el fuego del infierno. Las imágenes muestran diferentes grados de trabajo. Unas hechas de prisa, como si hubiera que hacerlas a manera de fábrica, y otras con una expresión familiar, casi de alguien conocido. Otras están tan desvalidas, que parecen más viejitas, sentadas en un ranchito bajo lluvia, esperando una mano que les ayude. En cualquier caso, pocos símbolos hay que nos representen tanto.

No nos han quitado todavía el derecho a la alegría, y aun en la palmazón, la Purísima en Managua, con el permiso de León, sigue siendo una sonrisa, como la mirada de una virgen hacia el cielo pensando que es de verdad que nos salva, que no vamos a tener que huir del peligro de una miseria expuesta a cualquier fragilidad de la tierra. Alegría de carretones y madera, de barrios únicos con las celosías y el hierro de las jaulas en las que hemos encerrado el miedo en las casas, por una vez abiertos. Una mañana del día siete, llegando en un avión que hacía escala en Managua, rumbo a El Salvador, se oyó en la cabina de los pasajeros, al tocar tierra, una gritería impresionante que ni la tripulación ni los salvadoreños ni los de otro lugar supieron de qué se trataba: ¿Quién causa tanta alegría?... Y sólo los de este pueblo supieron cómo contestar.

franciscosancho@hotmail.com