Neville Cross y María Elsa Vogl
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I
Cuando nuestra Managua estaba principalmente formada por los barrios de San Sebastián, San Antonio, Santo Domingo, Catedral y el Barrio de Pescadores, llegar al Cementerio General (hoy Occidental) y encontrarse con algún venado o un lagarto no era algo extraordinario.

El beneficio de café La Veloz, ubicado donde hoy está el cine Dorado, estaba en las afueras de Managua, dos de estas cuatro manos para ir a Managua tenían que pasar por una calle que era un cauce con rampas de piedra y en invierno las corrientes arrastraban árboles, animales y toda clase de objetos hacia el lago de Managua.

II
El corazón de Managua era la Calle Central y la avenida Rooselvelt, el rascacielos (de tres pisos) de Carlos Cardenal tenía una escalera eléctrica que atemorizaba a unos y otros la usaban para probar su valor. La calle 15 de Septiembre, la de El Triunfo y la Calle Colón eran sus principalísimas arterias.

En la esquina de Carlos Cardenal se paraban los jóvenes para ver cómo el viento, que siempre se arremolinaba en esa esquina, levantaba las faldas de damas y damitas, en tiempos en que la falda “volada” estaba de moda. En la esquina de “los coyotes” se cambiaban divisas en negociaciones aceleradas y bajo lluvia, sol y vientos.

En el centro de aquella Managua estaban la Hormiga de Oro, El Patio, el Bonbonnier, que eran paradas obligadas para un sorbete, sándwich o fresco. Pero ir al Versalles en las Piedrecitas era una expedición. Para unas cervecitas en calma estaban El Gambrinus y El Munich, con sus helados tarros cerveceros.

III
Cierto que no había centros comerciales, pero en “el centro” quedaban lujosas tiendas de toda índole, mientras que las populares de los turcos, quedaban cerca del mercado San Miguel, pequeño, surtido y mucho más limpio que el Mercado Oriental de hoy.

Cómo olvidar la esquina del Gran Hotel, con su amplia oferta de fritangas medianocheras, y aquel generoso trozo de carne asada sobre una gruesa tortilla.

IV
El paso de tortuga era cuando ibas más lento que el del cabrito. Un señor a quien le amputaron las extremidades inferiores y se desplazaba vendiendo lotería en un mini carretón halado por un cabrito.

Como todo pueblo, Managua tenía sus personajes, como Maximiliano, quien recorría las calles con una tabla en la nuca y el cuello envuelto en trapos sucios, murmurando algo que solo él entendía. O la Niña Ceferina ofreciendo lotería toda vestida de blanco hasta el suelo y un velo en la cabeza cana.

V
De las tertulias en las aceras, las famosas eran las de los ancianos de San Sebastián, quienes alardeaban de sexo cuando la Viagra ni siquiera era un sueño, fueron bautizados con el irónico nombre del club de las palomas muertas.

A la salida del Colegio La Asunción había que capearse de las toconas manos de Pocoyo, un señor de buena familia, pero con la razón perdida, quien además piropeaba a las uniformadas asuncionistas que pasaban por la acera de su casa.

VI
Si alguien no quería honrar su adeudo, el acreedor no buscaba abogado, el servicio lo suplía Víctor de la Traba, que ni se llamaba así ni estaba legalmente vivo, pues este sujeto inscribió su partida de defunción y repuso su partida de nacimiento con su nombre comercial.

De 30 pasó a tener sólo cinco años de edad. En una ocasión no pudo cobrar con sus métodos originales y recurrió a la vía judicial, pero perdió el pleito por un tecnicismo procesal, pues legalmente era un menor de edad y requería un representante para comparecer en juicio.

VII
¿Alguien recuerda al famoso prestamista de los trabajadores del Distrito Nacional de nombre Raúl Martínez? Pocos lo recordarán, a menos que agreguemos que su alias era Peyeyeque.

Un señor que vendía leche agria, bromeaba con la propuesta del clavo. Y hasta puso un anuncio clasificado diciendo que vendía una propiedad en la línea de fuego y que oía propuestas, ¡...hasta la del clavo! Propuesta que los de esa época conocen.

Un día el vende leche agria enfermó y pasó consulta con su médico, que era otro bromista, quien le aseguró que no podía hacer nada por él ya que sólo le quedaban 15 días de vida. El paciente para acortar su agonía se disparó un tiro en el corazón. Fue llevado al Hospital Bautista y se le avisó a su médico del percance. Don leche agria sobrevivió al intento de suicidio, pero a su médico le dio un infarto y hasta allí llegó.

VIII
Muy visitada por “gente bien” eran las tertulias del Club Managua, con sus umbrosos jardines, gozados solamente por sus socios y sus familias, aunque alquilaban el local para fiestas grandes auspiciadas por algún socio.

Frente al cine González estaba el Club Internacional, más democrático y de mucho movimiento, y en la terraza del entones rascacielos de Casa Pellas se ubicaba el exclusivísimo Club Terraza, con ascensor en una puerta a la calle.

Pero muchos preferían el Salón Cervecero, bullicioso y siempre lleno, justo enfrente a Casa Pellas.

IX
Managua era aquella pequeña y acogedora ciudad de aceras y personas que se saludaban al encontrarse, o se quedaban en las ruedas de amigos o vecinos que se sentaban orondos en cómodas mecedoras.

La chavalada llegaba a pie al infaltable matinée del Salazar o del González, donde todos buscaban disimuladamente cómo acercarse a quien le gustaba, las parejas que ya “jalaban” se tomaban de la mano al encontrarse, y en la penumbra de la película intercambiaban amorosos besos.

X
A esa pequeña Managua de los 60 la sentimos más grande porque era más cálida, casi todo mundo se conocía, todo lo teníamos a mano, podíamos vivir a pie. Pero vino el terremoto y nos desguazó.

Desparramó nuestra cuidad, encaramándola hasta las sierras, se extendió al Open, hoy Ciudad Sandino, y ya colinda con Tipitapa y Masaya. Es ahora una ciudad para vehículos sin lugar ni piedad para peatones, formada por barrios o repartos que son mini ciudades.

La Managua de antes dio paso al progreso, que a estas alturas no estamos seguros si nos quita o nos deja una mejor calidad de vida.

Managua, con los aires de la Purísima de 2007
elsavogl@ibw.com.ni
Miembros del Centro Nicaragüense de Escritores