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Cuando mi abuelo materno Constantino Velásquez soltó por fin la mano de mi esposa y cerró para siempre sus ojos verdes desteñidos por los años y las penas, comprendí que nadie se encuentra preparado para la muerte porque uno se termina enamorando de la vida.

Constantino Velásquez fue una verdadera leyenda en la familia. Telegrafista de oficio y miembro de la Guardia Nacional, lo vi por primera vez en el edificio de Telecomunicaciones ubicado en la vieja Managua, sentado en una ventanilla con unos auriculares, conectando y desconectando alambres en un panel, para lograr la magia de la comunicación con el interior del país. Pese a su garbo, la vejez comenzaba a asomarse en su cuerpo. Caminaba firme, como todo militar, pero ya era un tigre cansado y sin fuerzas para seguir retozando en el mundo. Había anclado en los brazos de una mujer cristiana para siempre.

De mi abuelo se dicen muchas cosas. Algunas son ciertas y otras son producto del rencor y de la fantasía. Lo único que sé --por fuentes familiares-- es que le tuvieron más de veinte hijos e hijas nacidos en los distintos departamentos del país donde él marcaba su territorio. Supe que todos fueron reconocidos legalmente, aunque la mayoría de ellos arrebatados del regazo de sus madres para que no sufrieran hambre. No sé si la decisión de mi abuelo fue correcta, pero gracias a esa obsesión de acarrear con su prole y concentrarlos en un solo lugar, una de sus hijas conoció a mi padre y nací yo.

Así era mi abuelo: un machista clásico que visualizó el progreso de dos maneras: no solo se destacaba instalando plantas telegráficas, sino que también regaba sus espermas por todo el territorio nacional, contribuyendo significativamente al crecimiento demográfico. Sus hijos, ahora ya viejos, todos secuestrados y felices, cuentan leyendas sobre Don Constantino, el padre mujeriego pero responsable que terminó con una biblia en la mano pretendiendo enderezar sus entuertos. El señor cascarrabias que nunca tuvo una sonrisa. El militar que dio rigor y nunca amor.

Sin embargo, pese a las leyendas, yo guardo con cariño una foto diferente de mi abuelo. Lo recuerdo bajándose todos los viernes por la tarde del Expreso de Occidente, con su valija azul, frente a la entrada principal de la Iglesia El Calvario de Chinandega, caminando lerdo, esperando a que mi bisabuela le contara las mil y una noche de mis vagancias y travesuras para propinarme el castigo que merecía. Terminando mi bisabuela su perorata, mi abuelo se sacaba la faja y después de darme unos buenos fajazos me mandaba a dormir. Fue la época en que sentí su rigor, su sello militar en mis espaldas. Pero nunca le tuve animadversión.

Con el correr de los años, me di cuenta de que mi abuelo, ya jubilado y enfermo, se convirtió en cristiano. Abandonó las reservas de talante militar que le quedaban, y dobló su rey a Cristo. Sus hijos no creyeron en su conversión. Era difícil creer que un hombre aventurero, mujeriego, machista, frío, ahora leyera la Biblia y asistiera a los cultos para adorar a Dios. Y, cosas de la sangre, de todos los nietos que tuvo, solo yo lo visitaba con frecuencia, y entonces aprovechaba para practicar su proselitismo religioso. Al final, terminábamos conversando de política y de los viejos tiempos en que me castigaba. Y una sonrisa triste, en la que se mezclaba cierta culpa y cierto arrepentimiento, asomaba en su rostro.

Las últimas veces que lo vi ya estaba muy enfermo. Pero algo de él me impresionó: su fe terca e indeclinable en que Dios y su esposa lo esperaban en el cielo. Lo decía con tristeza, pero con convicción. Nos despedimos una tarde de abril de 1995 que no logro descifrar. Constantino Velásquez estaba listo para partir: agonizaba junto a su Biblia, y una de sus manos apretaba la de mi esposa, como no queriendo zafarse de la vida, y sus ojos verdes desteñidos por el tiempo se fueron cerrando para abrirse quizás a lo sobrenatural que le esperaba.

Sus hijos no asistieron al funeral. Todos viven fuera del país, excepto mi tía Socorro, su hija menor. Ahí se terminó la leyenda. No sé si Dios lo perdonó, pero estoy seguro de que su arrepentimiento borró todas sus culpas. Tampoco sé si sus hijos lo perdonaron. Pero eso es intrascendente. No somos dioses para perdonar a nadie. Yo, con todas sus virtudes y defectos, lo extraño.