Jorge Eduardo Arellano
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La semana pasada, en mi recorrido usual de mi casa al trabajo, observé en uno de los semáforos unas flamantes casetas rosada, nuevas, recién pintadas, techo incluido y colorido rótulo del Poder Ciudadano. Mi primera asociación fue con una jaula, pero ¿una jaula rosada? ¿de ese tamaño y en pleno semáforo? Después las volví a ver en otros semáforos, todas nuevas, recién puestas y vacías, sin nada ni nadie.

Las inusuales casetas rosadas fueron un enigma hasta que encontré una noticia en internet: “Hordas del PLC destruyen casetas que el Poder Ciudadano construyó para trabajadores independientes de los semáforos”. La nota, acompañada de fotografía, acrecentó mi sentimiento de descontento generalizado por el rumbo que lleva este nuestro país, incluso frustración. Frustración por darme cuenta que en Nicaragua al desempleo se le llama trabajo independiente.

No veo cómo a una persona se le puede decir que tiene trabajo, independiente o no, cuando pasa 12 horas al día bajo el Sol en un semáforo vendiendo desde lentes de Sol, periódicos, mangos, naranjas y toda suerte de productos sin la mínima garantía que al día siguiente va a encontrar su espacio entre los carros; espacio codiciado y disputado con otros para satisfacer a la clientela que circula con antojo de una bolsita de marañón. No se qué pensará el resto, pero para mí eso no es trabajo, eso es desempleo y el rostro de la mayor necesidad.

Por eso me chocó tanto el asunto del “trabajo independiente”, porque en mi mente no cabe otra idea que no sea sacar a la gente de las calles y darles un trabajo digno, con una jornada laboral decente y acceso a la seguridad social. Por eso me parece tan ofensivo tratar de legitimar el desempleo con el cuento de trabajo independiente, maquillándolo con casetas rosadas en cada semáforo de Managua.


*Socióloga
csc_236@yahoo.com