Mario Mejía López
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Son muy exageradas las conclusiones que se están haciendo de los resultados del reciente referéndum en Venezuela. No estoy sugiriendo tampoco que fue una victoria de Hugo Chávez, porque fue una derrota, aunque fugaz, por cierto, a sus pretensiones políticas inmediatas. Sí. Una derrota, pero muy inocua en sus implicaciones, porque no significa ningún riesgo político en lo que le falta de mandato.

Si hablamos de fortaleza política, el gobierno de Chávez no ha sufrido mella alguna. Por el contrario, se mantiene casi indestructible, con una capacidad de maniobra capaz de revertir ese revés, que podemos calificar de simbólico o moral, más que político.

Pero hay otra cosa que la euforia mediática está esquilmando al público. Se trata de la percepción institucional positiva del Estado venezolano conseguida con el referéndum. Por un lado, por el reconocimiento de la derrota en un sistema electoral dominado por su partido. Y por el otro, porque la oposición, al celebrar su victoria, reconoce el marco jurídico de la Venezuela de hoy, el que venía rechazando desde hace años. Es decir, en esta cara de la moneda la victoria es de Chávez.

En ese escenario político, el rápido reconocimiento de la derrota por parte de Chávez podría ser considerado poco conveniente para la retórica machacona de sus famélicos opositores y sus planes desestabilizadores, que indudablemente cuentan con el apoyo de dirigentes foráneos que creen que el destino manifiesto o la Divina Providencia les legó el derecho de escoger el sistema político económico y social en los territorios americanos, considerado su patio trasero.

Pero hay más. Si esta derrota le sirve a alguien de manera sustantiva, no es precisamente a los archirrivales del gobierno venezolano; por el contrario, le es más útil a Chávez y sus seguidores, puesto que estos resultados sirven de punto de reflexión para un replanteamiento político realista y pragmático, y sobre todo, para superar los errores, que por cierto, son muchos. De hecho, el impacto moral de los resultados del referéndum ha provocado un discurso más mesurado y reflexivo del gobernante, actitud que muchos de sus aliados le han estado reclamando.

Para terminar, consideramos que el porcentaje de ciudadanos que no acudió a los centros de votaciones --arriba del 40 por ciento-– tampoco significa un tácito apoyo a los grupos opositores de Chávez. Todo hace indicar que el gobierno no logró seducirlos ni inducirlos al Sí, posiblemente por su embriaguez triunfalista, o porque como él mismo Chávez admitió, el paquete era demasiado grande para su asimilación. Es por ello que se habla ya de una nueva propuesta en una fecha próxima, que se espera sea más modesta en sus alcances, pero que ayude de todas formas a consolidar el proyecto Bolivariano.

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