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El desborde del Mundial ha logrado opacar --o anestesiar-- el sentimiento de desolación e impotencia ante otra desgracia minera en nuestra región, esta vez en Honduras. En este momento hay ocho mineros que están atrapados en una explotación artesanal cuyas vidas están extinguiéndose, o bien, han cesado ya de existir, en medio del jolgorio futbolístico que nos atrapa.

El mensaje dado por el gobierno del país vecino, a pesar de lo manicurado de su redacción, deja ya entrever su omisión de responsabilidad, puesto que los mismos rescatistas formales han tenido que retirarse ante el peligro inminente de derrumbe que ha sido vaticinado por personal técnico, lo cual no ha amedrentado los improvisados y vanos intentos de rescate por sus compañeros de faena, quienes permanecen impotentes esperando lo irreversible.

Este tipo de tragedias solamente llega a los medios cuando el número de fallecidos o atrapados es múltiple, como este caso, pero muy difícil que pueda alguien sensibilizarse ante los reiterados infortunios que acontecen a nivel individual, donde de forma surrealista se realizan las conductas más atrevidas e imprudentes, con el fin de obtener ganancias de esta ocupación, que es --desde la estadística de fatalidades múltiples-- una generadora principal.

Estas fatalidades en el área son cada vez más frecuentes, corriendo el riesgo de “normalizarse”, careciendo de controles mínimos ante una actividad que es de por sí difícil de vigilar, y más, de regularse efectivamente, por el carácter cuasi-clandestino o ilegal que tiene, debido a que es una ocupación cuya normativa de Seguridad --no tanto lo que se escribe sin observancia y sin consecuencia alguna en los códigos específicos, sino sobre su efectivo cumplimiento-- se obvia olímpicamente, desatendiendo las advertencias que se hacen sobre yacimientos donde no se conocen condiciones ni planos de sus galerías, o bien, que existen precedentes de derrumbes y otros peligros.

En Perú, Colombia, Chile, son frecuentes las capacitaciones técnicas a este sector, las cuales, aunque no son una panacea, hacen consistentemente una apuesta a que la formación básica puede incidir en elevar el nivel de conciencia de los mineros artesanales, cuya decisión de aplicar o no los procedimientos mínimos de Seguridad en un trabajo de tan alto riesgo, puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte, ya que esa escogencia crucial siempre se realiza en solitario.

Lo absurdo de su repetición, es que se continúan las lamentaciones hipócritas y alcanforadas, pero se sigue sin establecer precedentes penales sobre las responsabilidades individuales, incluyendo la de funcionarios de empresas privadas, dando así pauta a que este tipo de actividad sea siempre una catástrofe anunciada, un evento “normal”, el cual no debe de distraernos. Sigamos entonces viendo el partido.