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Cuando este artículo esté publicado, ya el Presidente ruso habrá visitado los países que había programado para su gira: Cuba, Argentina y Brasil.

La visita a La Habana es obligatoria. Cuba ha sido su socio fiel, acreedor reverente, sumiso conejillo de indias, único seguidor, súbdito ciego, amigo moridor, misionero pregonando evangelios de dioses de pies de barros, predicador del desierto. Y las lealtades deben corresponderse. Aunque Fidel pudo ser el cubano que los rusos del Kremlin quisieron tener como punta de lanza en las barbas del Tío Sam, durante la guerra fría. Fidel era un leninista fundamentalista a quien el Che, le recitaba poemas chinos.

Ir a Buenos Aires es más una cortesía por los buenos lazos comerciales que los argentinos tienen con Rusia. Además que la presidenta Fernández, se ha lucido ante los ojos del Kremlin con sus continuas rebeliones y descortesías con todo lo que Washington sugiere, indica o impone a sus vecinos del sur en materia económica, política o de seguridad. Eran otros los tiempos cuando Carlos Menem jugaba al tenis con George W. Bush.

En cuanto a la visita a la Presidenta Dilma Rousseff, asediada por populistas protestantes, las cosas son más de protocolo; aunque la lideresa del Partido del Trabajo (PT) se sienta igualmente bien con líderes de izquierda o de derecha. Igual ocurría con su predecesor Lula.

La cuestión es que el controversial mandatario ruso estará en Brasil para una cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sur África). Ahí explicará sus políticas en Crimea; y planteará su visión y propuestas para enfrentar tantos desafíos mundiales.

Es un evento importantísimo. En esta nueva alianza de países están las economías número 2, 6, 8 y 10 del mundo; tienen entre sí mayor comercio y exportaciones que los países de la Unión Europea. Además que Rusia, India y China son potencias nucleares. Ni decir que tienen los mayores ejércitos del planeta, salvo Brasil y Sur África. Y entre Rusia y, en unos pocos años Brasil, tendrán las mayores reservas de petróleo y gas natural del orbe, junto con Arabia Saudí y Venezuela.

Los países BRICS son una alternativa de liderazgo internacional que crea balance, si asumimos que usualmente han sido estadounidenses o europeos, los países de vanguardia de asuntos globales. Y, como en todo lo humano, Moscú y Beijing rivalizan.

Pero, China tiene una agenda más a largo plazo; está más interesada en seguir agigantando su economía, sus inversiones y ampliar su mercado; quiere tener más incidencia en los organismos financieros internacionales, y expandir más su comercio mundial. Mientras que Rusia quiere una agenda a corto plazo, con intenciones más políticas que comerciales (aunque siempre anda vendiendo su gas, su petróleo y su trigo, como lo comenzó a hacer Nikita Kruschov hace 60 años).

Nada nuevo para un país de tanto territorio y recursos, pocos aliados-vecinos, pero que no recibe inmigrantes (¡solo asilados y espías que huyen de occidente!). Ya debería tener industrias avanzadas como las que tienen sus socios BRICS en las que se destacan y son pioneros.

Lo bueno de esta visita a América Latina es que, por lo menos, entramos en la agenda de una de las potencias. Aunque ya Putin debe reconsiderar su camino andado en Crimea ahora que ha visto que las medidas económicas le han hecho mella. ¿Cuántos empresarios brasileños o argentinos querrán invertir en una Rusia lejana e incierta legalmente para los intereses occidentales?

En La Habana, el partido comunista le pedirá a sus seguidores que marchen por las calles vitoreando a un Putin incómodo y asoleado en una tierra exuberante, pero carente de libertad y brillo. Aunque, Raúl Castro, más práctico que su hermano, le va a rendir pleitesía. Y en el fondo de su corazón quisiera hacer lo mismo con Barack Obama y decirle que: “aunque ellos están distantes ideológicamente, nunca el destino logró separarlos”.

¿Cómo ven los líderes chinos a un Putin aferrado al poder (mientras en Beijing cambian a sus líderes), y deseoso de vender una Rusia insegura para la inversión extranjera?

Rusia, tendrá que demostrar, dentro de cuatro años, que es un país desarrolladísimo, atractivo, o encantador. ¿O al menos una potencia futbolera?

Los ojos del mundo estarán más puestos en los futbolistas argentinos o alemanes, que en un mandatario de una nación gigante, que fácilmente pasa inadvertido.