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El 11 de julio de 1893 triunfó la Revolución Liberal encabezada por José Santos Zelaya. Una nueva era había iniciado en Nicaragua cuando llegaba a gobernar la intelectualidad liberal progresista, impulsando reformas sociales que hoy podemos calificar de izquierda moderada o centro-izquierda. Un social liberalismo que defiende la democracia, la propiedad privada y el mercado libre, pero al mismo tiempo practica la intervención moderada del Estado para garantizar que todos tengan acceso a suplir las necesidades básicas.

Los gobiernos liberales, desde Zelaya hasta Alemán, implementaron el social liberalismo mediante impuestos progresivos a quienes gozaban de más bienes e ingresos, para financiar la educación gratuita desde la primaria hasta la universidad, el sistema universal de salud en hospitales y centros de salud estatales, e implementando beneficios sociales con el Código del  Trabajo, el Incei (interviniendo en la regulación de los precios de los alimentos básicos, acopiando o vendiendo según la situación), el Banco Nacional como banca de desarrollo, el INSS, el Instituto de la Vivienda, etc. Excelentes conquistas sociales desarrolladas gradualmente. Al mismo tiempo facilitando el desarrollo de empresas, bancos, centros de estudios privados y el libre ejercicio de oficios y profesiones. Una coexistencia armónica de la iniciativa privada con amplios servicios públicos.

Después del gobierno sandinista de los 80 y del gobierno conservador que lo sustituyó, cuando el liberalismo llegó de nuevo a gobernar con Arnoldo Alemán, volvió a aplicarse la política social de los gobiernos liberales. Así pues,  las administraciones liberales en Nicaragua han sido social-liberales de izquierda moderada, nunca neoliberales de derecha. Aquí solo ha gobernado la derecha durante los gobiernos conservadores, aunque los últimos gobiernos conservadores "Violeta Chamorro y Enrique Bolaños– aplicaron políticas social-liberales debido a las circunstancias.

No creamos que estas políticas social-liberales significan poco, pues temas como el sistema universal de salud, la educación gratuita –incluyendo la universidad–, el seguro social obligatorio y los impuestos progresivos son temas de grandes debates en otros países "como en EE.UU., por ejemplo–. Temas que aquí se dan por sentado desde hace mucho tiempo como fruto de la Revolución Liberal de 1893. Un sistema socio-económico solo interrumpido en la década de los 80, pues los sandinistas hoy también están aplicando estas políticas, naturalmente que con los énfasis y matices de su ideología.

Tuvieron fallas los gobiernos liberales, particularmente de Zelaya y los Somoza, al caer en la tentación de perpetuarse en el poder e implementar dictaduras. Los sandinistas hoy también tienen sus tentaciones; especialmente se les cuestiona la falta de independencia de los poderes del Estado y de transparencia en los procesos electorales. Pero se puede aprender de la historia y corregir el rumbo.

El gobierno necesita tener una oposición significativa actuando como contrapeso, que siendo propositiva y constructiva se convierta en un interlocutor importante para llegar a acuerdos mediante el diálogo. El liberalismo unido debe ser el interlocutor político lógico del gobierno (liberales unidos respetando sus diferentes tendencias desde el centro-izquierda hasta el centro-derecha), pero alejándose de los sectores radicales que rechazan el diálogo y la concertación, deseando llevar a Nicaragua a una confrontación –entre más violenta mejor–.

Asumiendo lo bueno que hay en la Revolución Liberal del 11 de Julio y en la Revolución Sandinista del 19 de Julio (pues ambas tienen varios principios y valores que todos compartimos), puede lograrse un proyecto de nación consensuado, corrigiendo errores y fortaleciendo la democracia para que nunca –¡nunca jamás!– los adversarios políticos sean enemigos a muerte, ni se derrame más sangre de hermanos, para resolviendo las diferencias mediante el diálogo y disputando los cargos públicos mediante elecciones libres.