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Aquel día, la ciudad de Managua entró en una somnolencia inusual. Las calles estaban sucias y desiertas, y una brisa permanente que no dejaba de mojar predecía un inusual aguacero. La sangre en el asfalto traía el recuerdo ocre de la guerra. El cielo estaba plomizo, las golondrinas buscaban temprano sus nidos, y de vez en cuando se escuchaban disparos esporádicos de fusiles desafiando el horizonte oloroso a pólvora. Todos sabíamos que algo trascendental estaba ocurriendo en el país, pero nadie se atrevía a proclamarlo con total certeza, a pesar de que algunas emisoras y caravanas que comenzaban a desplazarse por la ciudad anunciaban jubilosas la victoria del FSLN.

Llevaba dos días sin dormir y sin bañarme y estaba de guardia con unos compañeros en el Puesto de Mando del FSLN de la Colonia Máximo Jerez, cuando mi jefe llegó contento en un Jeep que le había confiscado hace algunos días a un guardia somocista, y nos gritó con una alegría indescriptible: “Muchachos, vámonos a la plaza a celebrar. Se acabó la guerra”.

En ese momento, mi mente quedó en un limbo, y un flash back dejó a flor de piel las heridas recientes de esa guerra que por fin terminaba: Las últimas horas con mi amiga y compañera Juanita López, su batalla desigual contra la muerte cuando dos balas asesinas le perforaron el estómago, truncándole sus sueños.

Recordé aquella tarde en que quemamos un bus del colegio Primero de Febrero, propiedad del somocismo, y corrimos como locos a subirnos a un árbol para escondernos de una patrulla de la guardia nacional que nos venía persiguiendo. La muerte, esa vez, jugó con nosotros al escondite y se hizo de la vista gorda. Sin embargo, vino por ella en el próximo encuentro.

En el trayecto a la plaza de la República, observé una inmensa algarabía humana de hombres, mujeres, ancianas e incluso niños que caminaban hacia los escombros de Managua, al kilómetro cero de la capital, para saludar a las caravanas de guerrilleros y guerrilleras que bajaban de los cuatro puntos cardinales. Venían barbudos, hambrientos, cansados, pero con sus corazones llenos de alegría y felicidad por la hazaña realizada: derrocar a un tirano y espantar a un ejército de militares profesionales que habían sido educados en la West Point y cuya crueldad se había refinado en las calles de Managua.

En medio de esa multitud, encontré a mi padre, quien con ojos llorosos me abrazó y me besó porque creía que estaba muerto. Me sorprendió encontrármelo confundido en medio de esa enorme masa de gente, identificando conocidos o compañeros amigos. Barbudo y con una bandera rojinegra en el brazo derecho, caminaba solo como un comandante sin estrella en las calles lóbregas de una Managua desierta. Vi también los rostros de muchos amigos que lloraban por el hijo o el hermano que no volvió de la guerra, ni de las trincheras urbanas. Sin embargo, la mayoría, vacunados contra el egoísmo y resignados a perder a nuestros seres queridos, celebramos con esperanza el triunfo revolucionario.

Ese fue un día que cambió la historia de Nicaragua. Desde ese 19 de julio de 1979, podemos decir que nuestras vidas ya no son las mismas. Algo cambió en nosotros. Cambiamos nuestra forma de ver, de pensar, de sentir, de amar y hasta de creer. Yo, por lo menos, cambié mi concepción del mundo y hasta mi destino.

Los sueños de ser médico o sacerdote fueron sustituidos por algunos más quiméricos, como el querer ser periodista y sociólogo, politólogo, disciplinas que me han llevado por sendas peligrosas. No sé si me equivoqué. La historia lo dirá.

A veces creo que sería un exitoso médico o un influyente sacerdote en mi comunidad. No se sabe. La vida da tantas vueltas que hoy a 35 años de aquel día, únicamente puedo decir que he querido ser un periodista digno y un escritor decente que sigue soñando con un mundo mejor, por lo que prefiero conservar el 19 de julio de 1979 como un día hermoso, fresco y sagrado que alteró nuestro reloj biológico y nuestros destinos para siempre.

 

( A Edgar Solórzano y Donald Mendoza)