Augusto Zamora R.*
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Nuevamente se polemiza sobre cómo dar respuestas mejores y más efectivas a la mayor lacra del machismo: la muerte de mujeres a manos de parejas, exparejas o misóginos.

Preciso es aclarar primero que la palabra correcta es feminicidio, no ‘femicidio’, término este carente de raíz etimológica. Femenino viene del latín ‘femininus’, como femenil proviene de ‘feminilis’. Feminismo deriva de ‘femina’, mujer. No existe, en nuestra lengua, la raíz ‘femi’. Fémina, hembra y mujer son términos sinónimos.

En Derecho, homicidio es la muerte de una persona. Según el vínculo entre victimario y víctima, los homicidios adquieren especificidad: parricidio, genocidio, fratricidio, etc.

Es el vínculo del asesino con la víctima lo que, jurídicamente, distingue un feminicidio de otras formas de homicidio o asesinato. Si privamos al idioma de la precisión de sus palabras, acabaremos como empezamos, con gruñidos, gesticulaciones y muecas.

La calificación última de hechos que puedan constituir delito se hace analizando lo acontecido, labor de la que participan investigadores y tribunales. Labor de la policía es investigar los hechos y pasar sus resultados a un tribunal. Labor del tribunal es decidir si existe delito o no, qué delito es y si concurren o no agravantes, atenuantes o eximentes.

Esto funciona así desde el Derecho Romano, es decir, desde hace más de dos mil años.

En temas tan trascendentes como el feminicidio no debe confundirse lo principal con lo accesorio. Urge combatir eficazmente la violencia machista. A esto dediquemos nuestra energía.

 

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