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Es increíble el poder de un celular, capaz de realizar las tareas más complejas, tornándose en una verdadera oficina. No obstante, su uso compulsivo también puede inducir a un estado de ausencia mental o de franco embrutecimiento. Este y otros dispositivos son distractores que reducen, debilitan y hacen fracasar algunos procesos cognitivos de transmisión de conocimientos, los cuales llegan a ser totalmente ineficaces por la desviación continua hacia este omnipresente aparato, llegando incluso a acuñarse ahora el término “nomofobia”, que proveniente del inglés (‘no-mobile-phobia’), miedo a no tener tu celular en la mano.

Algunos síntomas de esta verdadera manía pueden ser que busca su celular porque cree que ha sonado, o bien, siente que hubo una vibración del mismo, y para su sorpresa, ve que estaba en otro lado y no en su bolsa, o bien, la adicción porque ya no sabe qué hacer con el tiempo o con sus manos, pudiendo causar también percances mortales.

Numerosas empresas sacrifican dramáticamente la calidad de la atención en sus reuniones, capacitaciones y otros procesos importantes, por una tolerancia excesiva y por la ausencia de normativas mínimas sobre la llamada etiqueta —o modales correctos— del celular. Ciertas organizaciones no dimensionan la monumental pérdida monetaria que causa la distracción o, mejor dicho, la evasión de la realidad al caer su personal en el vicio angustiante de consultarlo, jugar o verlo por cualquier razón, sobre todo, cuando no existe justificación alguna. Eso le cuesta también errores fatales a las empresas, pero son pocas las que se preocupan por normar su uso.

En los códigos de las organizaciones serias, la normativa se ha hecho estricta, ya que en reuniones ejecutivas o en sesiones en donde la prevención de fallos es fundamental, son crecientemente prohibidas este tipo de distracciones, no solo por los primitivos modales y grotesca negligencia de su educación en quien se exhibe, o por la grosería inaudita con su interlocutor, sino con el marcado desprecio hacia la inversión que la empresa destina para hacer efectivos sus procesos de coordinación y lograr sus objetivos.

Hoy usted ingresa a un establecimiento, y probablemente no sea ni siquiera percibido, porque el personal está hipnotizado con este aparato, para lo cual, ejecutivos responsables lo prohíben terminantemente durante horas laborales, sobre todo, si hay interacción con clientes, o con la ejecución de la tarea en sí.

Es lamentable observar cómo algunas organizaciones sacrifican la calidad de sus procesos, su aprendizaje efectivo, la corrección que debe lograrse en aquellas tareas que requieren una atención fija y no provocar resultados fallidos, siendo también esa tolerancia una muestra evidente de ignorancia de sus propios ejecutivos, de cómo sus procesos sufren deméritos graves traducidos en pérdidas cuantiosas a nivel agregado.