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La educación demanda de la persona humana un proceso de mucha exigencia a lo largo de toda la vida. Requiere esfuerzo sostenido de las instituciones educativas, y un celo exquisito para velar por su calidad.

La globalización nos ha invadido con más promesas que realidades. Si bien, las oportunidades que ofrece a la educación están a la vista, buena parte de ellas, el país aún no las aprovecha. El esfuerzo que la tecnología y medios de comunicación nos demandan cada vez es menor, todo lo tenemos a mano, no sentimos necesidad de pensar y analizar mucho lo que se nos ofrece ya “empacado”. Otros piensan por nosotros. Nos brindan resultados, todo hecho, sin necesidad que podamos interactuar, analizar, preguntar, criticar, replicar.

La educación, ante esta realidad que transmite nuevos códigos a los menores, y que solo demanda el esfuerzo de repetir sin necesidad de pensar, se encuentra sin respuestas. Educadores se quejan de que los estudiantes no están motivados, solo les interesa su celular, internet, etc. Parecieran dos lógicas divergentes que se separan más cada día.

El currículum educativo muy poco dice de esta realidad; quiere predominar en este duelo de titanes, frente al “éxito” que la tecnología, al margen de la escuela, está teniendo con los más pequeños. Pareciera que el currículo y los métodos de enseñanza aún no se han percatado, queriendo imponerse sin negociación alguna con los estudiantes.

El currículum y sus métodos pedagógicos debieran asumir la importancia que tiene el buen uso de la tecnología, brazo poderoso para la enseñanza y el aprendizaje con calidad y sentido ético. Ante este silencio, los estudiantes marchan en soledad, utilizando la tecnología sin orientación ni precaución alguna, para copiar y pegar información, sin ningún procesamiento y análisis.

Es así como la educación desaprovecha la tecnología, abriendo grandes abismos entre lo que quisiera enseñar y cómo lo enseña, y lo que los estudiantes quisieran aprender con otros métodos. El uso de la tecnología queda reducido a “facilitar” la búsqueda de información, a copiarla y pegarla, ante la ingenuidad de maestros y maestras, ajenos a este facilismo corrosivo. La brecha se amplía y más, en tanto el docente no tiene oportunidad de aprender y utilizar la tecnología para enseñar más y mejor, ante estudiantes “expertos” en utilizarla, aunque exponiéndose a nuevos peligros y navegando solos en los cruces peligrosos de las autopistas de la información.

Los últimos descubrimientos publicados al respecto en algunas revistas especializadas en el área de la psicología, plantean evidencias de un nuevo desajuste en los más jóvenes como producto de su dependencia en internet y el celular. Lo denominan “Tempo cognitivo lento”. Se expresa en la pereza aguda que muestran en su cognición y capacidad para aprender, esforzarse, razonar, concentrarse, en tanto su capacidad cognitiva funciona excesivamente lenta.

Estos medios mal utilizados, generan pereza mental, incapacidad para fijar la atención, trastocan el modelo de racionalidad convencional, por otro que solo acepta lo fácil. No nos extrañe esto: ¿Podrá competir pedir a los estudiantes que mejoren su fluidez y comprensión lectora, cuando los medios tecnológicos les enseñan a recibirlo todo sin esfuerzo alguno?

Es hora que tal situación logre ser revertida, optimizando al máximo los medios tecnológicos en la escuela. Qué bueno que a maestros y maestras, el Mined les entregue una computadora personal. Será aún mejor, si se les prepara para que la utilicen en su propia formación permanente, y para enseñar con mayor propiedad y pertinencia, respondiendo mejor a los códigos que entienden mejor sus estudiantes. Acortar esta brecha urge. Mañana puede ser demasiado tarde.