•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Vivo en un país que pasó de poseer un imperio en el que no se ponía el sol, a que las tinieblas llegadas de otro país vecino estuvieran a punto de cernirse sobre el territorio que le daba nombre, origen, esencia. Somos capaces de ganar un mundial de fútbol y de firmar nuestra expulsión en el segundo partido del siguiente, después de haber sido moralmente anulados en el primero. Vengo de un lugar en el que una guerra absurda acabó con la República para instaurar una dictadura militar de cuarenta años tras la que llegaría la monarquía parlamentaria como forma de gobierno. Los altibajos emocionales y los bandazos sociopolíticos son consustanciales a esta nación con perfil de montaña rusa.

Por eso no debe extrañar que en una aldeíta remota de Galicia, un anciano cuente una historia que no tendría sentido si no transcurriese, en su planteamiento, en su nudo y en su desenlace, en España. Cuenta este venerable señor que siendo un rapaciño tuvo que emigrar con sus padres a la Argentina, cruzando el océano que traía el aroma de una fortuna de pan y paz en su brisa. Pero hubo más que alimento y tranquilidad, al otro lado del mundo. Allí (allá) encontraron la prosperidad con la que la que la justicia universal paga el esfuerzo y compensa las penurias. Y el sueño de vivir sin apreturas en un lugar ajeno a los afectos se convirtió pronto en el sueño de volver a la tierra en la que estaban hundidas sus raíces, con las maletas de cartón repletas de las comodidades ganadas con el sudor y la añoranza.

Cuenta el viejo, sentado al sol tibio de la tarde en un poyete de piedra, que contempló los años pasar mientras volvían la calma y el progreso, los prados verdes y las vacas robustas. Y que los pueblos de los que habían partido décadas atrás quienes navegaron buscando su propio destino, se llenaron de acentos que les eran familiares, de rostros y tonos de piel con los que compartieron el trabajo duro. Cuenta que su propio hijo se casó con una mujer venida de la Argentina en la que él mismo había labrado su pequeña historia de felicidad material como soporte de otras dichas. Que el dinero no las alcanza, pero las deja más cerca.

Y cuenta que ahora es su nieto (su nieto el ingeniero), el que tiene que hacer de nuevo la travesía hacia una tierra fecunda desde otra, en la que vivimos el anciano que cuenta esta historia y yo mismo, y que se ha vuelto a tornar yerma, baldía, estéril.

No ha pasado una década desde que se contaban por millones los extranjeros que llegaban a España para servir a los nuevos ricos, con fortunas sostenidas por avales bancarios y préstamos hipotecarios con forma de nudo de horca, y para ocupar los puestos de trabajo que encallecían las manos. Ahora no solo se regresan los inmigrantes que llegaban de países empobrecidos —más de quinientos mil solo en el último año— sin haber tenido la suerte ni el tiempo de llenar sus bolsas de tranquilidad, sino que también se marchan ochenta mil españoles sin callos en las manos pero con talento, formación y experiencia sobrados, desesperados en la caída libre de una economía que se precipita al vacío sobre raíles. Arriba. Abajo.

¿Y lo de la esquizofrenia? Pues resulta que se describe en psiquiatría como un conjunto de trastornos relacionados con la alteración en la percepción de la realidad. Y que en ocasiones tiene su germen en los giros de conducta, en las alteraciones bruscas de la luz a las tinieblas. Tal vez haya que incluir también el término en los tratados de historia, para definir a los países que se empobrecen creyéndose ricos, que se afirman y se niegan a sí mismos. Como ejemplo de estado abocado a la esquizofrenia, sirva España.

 

@oscar_gomez