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Dios, creador de todo lo que existe y que con la vida todo nos da, además de ser infinitamente misericordioso, es absoluta integración del amor; sí, del amor verdadero, del que es para toda su creación fuente inagotable con predilección para los seres humanos. Y por ello quiso hacernos a su imagen y semejanza; para que al estar libremente sintetizados en su amor, viviésemos como hermanos; y que cumpliendo así su voluntad, que es el bien, le acompañásemos en la eternidad.

Para enseñarnos a vivirlo a plenitud, identificándonos como hermanos, desde el comienzo de la humanidad y en distintas generaciones, según la Biblia, que ha sido dictada por Él, escogió a personas que fueron denominadas profetas, los que, por haberse comportado conforme a su voluntad, fueron dotados por Él de especial carisma, para que con su palabra y ejemplo guiaran a su pueblo por el camino del bien, sintetizado también en seguir el decálogo recibido por Moisés en el Sinaí.

Dicho decálogo está concretizado en el primer mandamiento, que es: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”; y el que siendo conocido muchos siglos antes de nuestra era, en la práctica es lo que más ha hecho falta. Pareciera que la humanidad, según ha venido creciendo y la ciencia y la tecnología avanzando, el materialismo secularizado creyéndose autosuficiente y atraído por fútiles espejismos, desconoce la omnipotencia divina.

Dios, como padre amantísimo, desde el inicio de su creación y con su especial predilección, de distintas maneras ha querido enseñar a sus dilectas criaturas a vivir el bien como Él ha querido, con su exclusiva fórmula, que es también hacer el bien; y cuya síntesis, me permito repetir, está en el primer mandamiento del decálogo, sin que haya ninguna otra solución. Así Él, para que nadie se pierda, quiso en Jesucristo redimirnos y que todo el que viva su amor alcance la salvación.

Él, con su amor infinito y sin intención de irrespetar su excelsa y soberana majestad, dueño absoluto y Señor del universo entero, me permito en mi pobre imaginación hacer una sencilla comparación, con la intención de, con ella, hacerme comprender mejor. El título del presente, de: “El Divino Hortelano”, me ha parecido más comprensible para el campesinado y el pueblo en general, ya que, como todos comemos frutas, sabemos lo que es un huerto.

En mi secuencia imaginativa, el huerto laboriosamente creado y con la asistencia permanente del Divino Hortelano, es el universo entero, del que ha escogido por su predilección la parcela de la humanidad, en la que a todos los humanos Él nos identifica como distintos frutos, en los que hay buenos y malos; y ha escogido algunos lugares para siembras especiales; donde también hay alimañas, cizañas y distintas malezas, ya que en la naturaleza hay de todo, para mal o para bien.

Pero lo que al Divino Hortelano le interesan son los frutos que en el mismo ambiente el huerto produce; y Él está al cuidado de que no se pierdan, recogiendo a su tiempo los buenos y dejando a otros que se desarrollen y maduren; al mismo tiempo elimina a los podridos y también a los que se están maleando y son dañinos. Así el Divino Hortelano, de generación en generación, ha recogido los frutos buenos y aparta los malos; y a los que aún no maduramos nos va dejando madurar.

De los buenos que se ha llevado, siempre algo bueno nos han dejado y de la memoria de muchos que han sabido comprenderles permanece su recuerdo. Tratemos de ser de los buenos para el Divino Hortelano.